viernes, 19 de diciembre de 2014

Wáters ¡qué lugares!

El ser humano es sorprendente. En muy pocos años ha conseguido crear máquinas capaces de mostrar el interior del cuerpo humano en una pantalla (sin necesidad de llevar a cabo una vivisección), de conectar un extremo del planeta con el otro a tiempo real, de construir robots que realizan tareas de manera más precisa y eficiente que las personas. No obstante, pese al avance técnico, científico y artístico todavía hay un par de aspectos que se han mantenido constantes. Los clásicos temores del ser humano (a la soledad, la enfermedad y la muerte) son el primero; el otro, mucho más prosaico, es el que nos ocupa hoy: los baños públicos y los sucesos paranormales e incómodos que acontecen en su interior.

En los aseos públicos de mujeres (puesto que la naturaleza me ha dotado de dos cromosomas X y, de momento, no cultivo el voyeurismo, son los únicos sobre los que puedo pontificar con verdadero conocimiento de causa), sucede un extraño fenómeno que me trae de cabeza. Se trata de la presencia de gotas de pis en la tapa del wáter. No sería un suceso inquietante si, como nuestros compañeros machos, contáramos con ese cilindro mágico pero poco certero que les permite orinar de pie (aunque sin mucha puntería). A nosotras no nos queda más remedio que hacerlo sentadas (por si alguien lo ignoraba), y en esta posición fallar no sólo es complicado, sino que tiene mérito. Por eso, cada vez que entro en un baño público y encuentro esas doradas perlas adornando la porcelana, no hago sino preguntarme cómo han llegado hasta ahí. Así, tras meses de incesante investigación, resolviendo complejísimos problemas de física y mecánica de fluídos he dado con la respuesta, que se halla, como tantas otras, en un círculo vicioso

En el inicio de la jornada la persona encargada de la limpieza lleva a cabo su cometido fregando y desinfectando con esmero los inodoros (que de inodoros suelen tener poco), a continuación alguna mujer escéptica y temerosa de adquirir una infección urinaria acude a aliviar sus necesidades y a pesar de ver el retrete limpio como una patena, decide forrarlo de papel higiénico y, no contenta con eso, mear a pulso. Esta última operación se complica si tenemos en cuenta algunas circunstancias como el nivel de alcoholemia, la ausencia de una percha donde colgar el bolso,o la intensidad y duración del chorro. De esta forma se incrementa exponencialmente las posibilidades de errar y salpicar. Tras la escéptica sin puntería, entra otra que al ver que la tapa ha sido mancillada con orines, repite la operación y empeora el estado del baño en cuestión. Esta situación tiene lugar reiteradamente con un número variable de usuarias hasta que, finalmente, da pena, dolor y asco entrar.

Otro asunto reseñable son las extrañas e incómodas situaciones que albergan estos lugares, y de las que estoy segura que habréis sido o seréis partícipes a lo largo de vuestra vida. Situémonos pues en un baño emblemático que todos los asturianos y asturianas que se precien de serlo han utilizado alguna vez. Me refiero al de la estación de servicios de Villalpando, ese pueblo zamorano en el que el ALSA que nos conecta con la capital hace una parada de veinte minutos hacia la mitad del trayecto (coincidiendo casi siempre con el momento en el que estás a punto de caer en los brazos de Morfeo). Tú, siguiendo los consejos que te fueron dados en la más tierna infancia, has hecho tus necesidades fisiológicas antes de salir de casa y apenas has tocado la botella de Fuensanta por la que te clavaron en la estación de origen. No obstante, el autobús ha parado y eso significa que tienes que hacer pis, con o sin ganas, no sea que después sientas la llamada de la madre naturaleza y tengas que aguantar las dos horas y media restantes. 

Así que te adentras en el baño con la mente ocupada en reproducir la onomatopeya “pssssssss”, sin emitir sonido alguno, y te das cuenta que el resto del autobús ha tenido la misma idea que tú, por lo que se ha formado una cola más larga que la del Conde Lecquio. El baño se ha convertido de pronto en un ascensor lleno de gente que, harta del viaje, evita por todos los medios que sus miradas se crucen o entablar alguna conversación. Para ello cada quien examina las humedades del techo, el barrillo negruzco del suelo, el móvil, se retocan el pelo en el espejo... lo que sea con tal de no hablar ni que te hablen. 

Finalmente llega tu turno, la venerable ancianita que te precedía deja una cabina libre y, a parte de la inexorable gotita de pis en la tapa, ¡huele como el mismísimo Mordor! La viejecita por lo visto está podre. ¿Y ahora qué? ¿Entras y mueres asfixiada? ¿Esperas por otra cabina rompiendo las normas no escritas de la cola y desafiando la mirada, mitad inquisidora mitad avergonzada, de la señora? ¿Te vas de Villalpando sin hacer pipí? Eso último...¡jamás! Te armas de valor, entras conteniendo la respiración y haces lo que toca mientras lees las decenas de nombres de parejas, iniciales, corazones y fechas que han ido adornando las paredes y la puerta del cubículo desde la última vez que lo pintaron. Allá por 1999.



martes, 2 de diciembre de 2014

Yano ya no cuenta cuentos

La otra noche estaba viendo por enésima vez un capítulo de los Simpson en la tele. Durante el intermedio, lejos de hacer algo productivo con mi existencia, o simplemente cambiar de canal, me quedé tirada tragándome todos y cada uno de los anuncios que, dadas las fechas y el público mayoritario de los Simpson, no podían ser más que de juguetes.

Si bien algunos no han cambiado, véase El Cocodrilo Sacamuelas, o el UNO -que existen desde que el mundo es mundo y Jordi Hurtado presenta Saber y Ganar- otros, en cambio, han introducido aspectos novedosos para adaptarse a las necesidades de los niños del siglo XXI. El Micronova y el Alfanova se han hecho a un lado para dejar paso al Make Your Case, una estación de manufactura infantil de fundas de teléfono móvil al más puro estilo taiwanés.

El viejo robot Emilio, que en otro tiempo fue deseado por todos los niños, ahora va de gasolinera en gasolinera ofreciendo sus servicios a recios camioneros, a cambio de un trago de aceite de motor que le ayude a olvidar su penosa situación. La vida es así  -se repite a sí mismo- una década presides el baúl de los juguetes del niño rico de la clase, y a la siguiente estás en el contenedor amarillo, entre botellas vacías de lejía y Coca-Cola. Porque, mis queridos lectores, la tecnología punta de los juguete ya no funciona a pilas C, ahora consiste en tablets para niños -que vienen siendo tablets normales, pero más mierder y con filtros anticochinadas- que funcionan con cargador. Ellas, y sólo ellas, son las culpables de que Emilio y Yano Cuentacuentos estén en la mendicidad.
Yano Cuentacuentos.
 Nadie sabe si era un animal del bosque o un anciano. 

No os creáis que todo es progreso, de hecho el juguete que me inspiró para escribir este artículo poco tiene que ver con esa palabra. Me refiero La vaca loca, un juego de mesa en el que lo peor, lamentablemente, no es el nombre. El invento en cuestión consiste en una vaca de plástico con cuatro ubres de goma que los niños ordeñan en función de los designios de un dado. Al tirar de las ubres puede pasar una de estas tres cosas -se entiende que de forma aleatoria-: a) A la vaca le sale por el ojete un vaso de leche, haciendo que el jugador sume un punto. b) Que cague una boñiga, restando un punto. c) Que le salten los ojos, poniendo así fin a la partida. ¿QUÉ COJONES SE FUMAN LOS CREATIVOS DE IMC? La única explicación que se me ocurre para que tal esperpento haya visto la luz, es que el director de los videoclips de Leticia Sabater ahora se dedique a fabricar juguetes.

Y es que estas navidades las heces están de moda. Los perritos animados ya no sólo pasean al apretar el botón de la correa, ahora, en un innecesario afán de realismo, los hay que también echan ñordos. ¿No os lo creéis? Ya lo haréis cuando piséis una caca de plástico por la calle, y la madre de una niña os increpe por romper el juguete de reyes de su hija.

El último artículo digno de mención es Nenuco Está Malito, un pequeño homenaje a la medicina decimonónica. El juguete en cuestión está compuesto por el Nenuco enfermo, una mantita, y demás artilugios médicos (termómetro, jeringuilla, etc.). Por lo visto, Nenuco tiene encima un gripazo de la leche con mucha fiebre y, para curarlo tienes que taparle con la mantita hasta que empiece a sudar la fiebre por la frente. Según las declaraciones de prensa de los ingenieros de Famosa, es probable que el año que viene tengan lista la siguiente versión de este juguete, en la que Nenuco convulsionará, y además podrás hacerle una sangría para sacarle el espíritu de Satanás y así curarlo definitivamente.
Ojo a la cara de estreñimiento del pobre Nenuco

Ya sabéis, si no tenéis nada mejor que hacer estas vacaciones de Navidad, daos una vuelta por el Toys´r Us, y flipad.

P.D: Aprovecho la ocasión para anunciar que cuando termine mis exámenes de Enero, -si es que ellos no acaban antes conmigo-  tengo una sorpresilla preparada, que ni Ricky Martin en Sorpresa Sorpresa!