viernes, 19 de diciembre de 2014

Wáters ¡qué lugares!

El ser humano es sorprendente. En muy pocos años ha conseguido crear máquinas capaces de mostrar el interior del cuerpo humano en una pantalla (sin necesidad de llevar a cabo una vivisección), de conectar un extremo del planeta con el otro a tiempo real, de construir robots que realizan tareas de manera más precisa y eficiente que las personas. No obstante, pese al avance técnico, científico y artístico todavía hay un par de aspectos que se han mantenido constantes. Los clásicos temores del ser humano (a la soledad, la enfermedad y la muerte) son el primero; el otro, mucho más prosaico, es el que nos ocupa hoy: los baños públicos y los sucesos paranormales e incómodos que acontecen en su interior.

En los aseos públicos de mujeres (puesto que la naturaleza me ha dotado de dos cromosomas X y, de momento, no cultivo el voyeurismo, son los únicos sobre los que puedo pontificar con verdadero conocimiento de causa), sucede un extraño fenómeno que me trae de cabeza. Se trata de la presencia de gotas de pis en la tapa del wáter. No sería un suceso inquietante si, como nuestros compañeros machos, contáramos con ese cilindro mágico pero poco certero que les permite orinar de pie (aunque sin mucha puntería). A nosotras no nos queda más remedio que hacerlo sentadas (por si alguien lo ignoraba), y en esta posición fallar no sólo es complicado, sino que tiene mérito. Por eso, cada vez que entro en un baño público y encuentro esas doradas perlas adornando la porcelana, no hago sino preguntarme cómo han llegado hasta ahí. Así, tras meses de incesante investigación, resolviendo complejísimos problemas de física y mecánica de fluídos he dado con la respuesta, que se halla, como tantas otras, en un círculo vicioso

En el inicio de la jornada la persona encargada de la limpieza lleva a cabo su cometido fregando y desinfectando con esmero los inodoros (que de inodoros suelen tener poco), a continuación alguna mujer escéptica y temerosa de adquirir una infección urinaria acude a aliviar sus necesidades y a pesar de ver el retrete limpio como una patena, decide forrarlo de papel higiénico y, no contenta con eso, mear a pulso. Esta última operación se complica si tenemos en cuenta algunas circunstancias como el nivel de alcoholemia, la ausencia de una percha donde colgar el bolso,o la intensidad y duración del chorro. De esta forma se incrementa exponencialmente las posibilidades de errar y salpicar. Tras la escéptica sin puntería, entra otra que al ver que la tapa ha sido mancillada con orines, repite la operación y empeora el estado del baño en cuestión. Esta situación tiene lugar reiteradamente con un número variable de usuarias hasta que, finalmente, da pena, dolor y asco entrar.

Otro asunto reseñable son las extrañas e incómodas situaciones que albergan estos lugares, y de las que estoy segura que habréis sido o seréis partícipes a lo largo de vuestra vida. Situémonos pues en un baño emblemático que todos los asturianos y asturianas que se precien de serlo han utilizado alguna vez. Me refiero al de la estación de servicios de Villalpando, ese pueblo zamorano en el que el ALSA que nos conecta con la capital hace una parada de veinte minutos hacia la mitad del trayecto (coincidiendo casi siempre con el momento en el que estás a punto de caer en los brazos de Morfeo). Tú, siguiendo los consejos que te fueron dados en la más tierna infancia, has hecho tus necesidades fisiológicas antes de salir de casa y apenas has tocado la botella de Fuensanta por la que te clavaron en la estación de origen. No obstante, el autobús ha parado y eso significa que tienes que hacer pis, con o sin ganas, no sea que después sientas la llamada de la madre naturaleza y tengas que aguantar las dos horas y media restantes. 

Así que te adentras en el baño con la mente ocupada en reproducir la onomatopeya “pssssssss”, sin emitir sonido alguno, y te das cuenta que el resto del autobús ha tenido la misma idea que tú, por lo que se ha formado una cola más larga que la del Conde Lecquio. El baño se ha convertido de pronto en un ascensor lleno de gente que, harta del viaje, evita por todos los medios que sus miradas se crucen o entablar alguna conversación. Para ello cada quien examina las humedades del techo, el barrillo negruzco del suelo, el móvil, se retocan el pelo en el espejo... lo que sea con tal de no hablar ni que te hablen. 

Finalmente llega tu turno, la venerable ancianita que te precedía deja una cabina libre y, a parte de la inexorable gotita de pis en la tapa, ¡huele como el mismísimo Mordor! La viejecita por lo visto está podre. ¿Y ahora qué? ¿Entras y mueres asfixiada? ¿Esperas por otra cabina rompiendo las normas no escritas de la cola y desafiando la mirada, mitad inquisidora mitad avergonzada, de la señora? ¿Te vas de Villalpando sin hacer pipí? Eso último...¡jamás! Te armas de valor, entras conteniendo la respiración y haces lo que toca mientras lees las decenas de nombres de parejas, iniciales, corazones y fechas que han ido adornando las paredes y la puerta del cubículo desde la última vez que lo pintaron. Allá por 1999.



martes, 2 de diciembre de 2014

Yano ya no cuenta cuentos

La otra noche estaba viendo por enésima vez un capítulo de los Simpson en la tele. Durante el intermedio, lejos de hacer algo productivo con mi existencia, o simplemente cambiar de canal, me quedé tirada tragándome todos y cada uno de los anuncios que, dadas las fechas y el público mayoritario de los Simpson, no podían ser más que de juguetes.

Si bien algunos no han cambiado, véase El Cocodrilo Sacamuelas, o el UNO -que existen desde que el mundo es mundo y Jordi Hurtado presenta Saber y Ganar- otros, en cambio, han introducido aspectos novedosos para adaptarse a las necesidades de los niños del siglo XXI. El Micronova y el Alfanova se han hecho a un lado para dejar paso al Make Your Case, una estación de manufactura infantil de fundas de teléfono móvil al más puro estilo taiwanés.

El viejo robot Emilio, que en otro tiempo fue deseado por todos los niños, ahora va de gasolinera en gasolinera ofreciendo sus servicios a recios camioneros, a cambio de un trago de aceite de motor que le ayude a olvidar su penosa situación. La vida es así  -se repite a sí mismo- una década presides el baúl de los juguetes del niño rico de la clase, y a la siguiente estás en el contenedor amarillo, entre botellas vacías de lejía y Coca-Cola. Porque, mis queridos lectores, la tecnología punta de los juguete ya no funciona a pilas C, ahora consiste en tablets para niños -que vienen siendo tablets normales, pero más mierder y con filtros anticochinadas- que funcionan con cargador. Ellas, y sólo ellas, son las culpables de que Emilio y Yano Cuentacuentos estén en la mendicidad.
Yano Cuentacuentos.
 Nadie sabe si era un animal del bosque o un anciano. 

No os creáis que todo es progreso, de hecho el juguete que me inspiró para escribir este artículo poco tiene que ver con esa palabra. Me refiero La vaca loca, un juego de mesa en el que lo peor, lamentablemente, no es el nombre. El invento en cuestión consiste en una vaca de plástico con cuatro ubres de goma que los niños ordeñan en función de los designios de un dado. Al tirar de las ubres puede pasar una de estas tres cosas -se entiende que de forma aleatoria-: a) A la vaca le sale por el ojete un vaso de leche, haciendo que el jugador sume un punto. b) Que cague una boñiga, restando un punto. c) Que le salten los ojos, poniendo así fin a la partida. ¿QUÉ COJONES SE FUMAN LOS CREATIVOS DE IMC? La única explicación que se me ocurre para que tal esperpento haya visto la luz, es que el director de los videoclips de Leticia Sabater ahora se dedique a fabricar juguetes.

Y es que estas navidades las heces están de moda. Los perritos animados ya no sólo pasean al apretar el botón de la correa, ahora, en un innecesario afán de realismo, los hay que también echan ñordos. ¿No os lo creéis? Ya lo haréis cuando piséis una caca de plástico por la calle, y la madre de una niña os increpe por romper el juguete de reyes de su hija.

El último artículo digno de mención es Nenuco Está Malito, un pequeño homenaje a la medicina decimonónica. El juguete en cuestión está compuesto por el Nenuco enfermo, una mantita, y demás artilugios médicos (termómetro, jeringuilla, etc.). Por lo visto, Nenuco tiene encima un gripazo de la leche con mucha fiebre y, para curarlo tienes que taparle con la mantita hasta que empiece a sudar la fiebre por la frente. Según las declaraciones de prensa de los ingenieros de Famosa, es probable que el año que viene tengan lista la siguiente versión de este juguete, en la que Nenuco convulsionará, y además podrás hacerle una sangría para sacarle el espíritu de Satanás y así curarlo definitivamente.
Ojo a la cara de estreñimiento del pobre Nenuco

Ya sabéis, si no tenéis nada mejor que hacer estas vacaciones de Navidad, daos una vuelta por el Toys´r Us, y flipad.

P.D: Aprovecho la ocasión para anunciar que cuando termine mis exámenes de Enero, -si es que ellos no acaban antes conmigo-  tengo una sorpresilla preparada, que ni Ricky Martin en Sorpresa Sorpresa! 

jueves, 6 de noviembre de 2014

¡Rueda, Fortuna!

Nunca he sido muy fan de Mr. Wonderful. Es más, cada vez que veo alguno de sus mensajillos optimista-flowerpower de diván barato, me apetece disparar un perdigonazo a ese unicornio, cortarle la cabeza, disecarla y colgarla en mi salón. Lo mismo me sucede con las frasecitas de Paulo Coelho que contaminan las redes sociales. No es que yo sea una aguafiestas, que lo soy, es que me resulta tan increíble como enervante que hasta el optimismo esté en venta.

Gastamos doce euros en una taza de desayuno que diga algo así como “tu día es único, disfrútalo” para luego beber en ella el café de la mañana, mientras publicamos en Facebook mensajes autocompasivos y quejas sobre todo lo habido y por haber. La portada de tu agenda reza “Keep calm and carry on”, pero lejos de hacerle caso vives a contrarreloj y te pegas de cabezazos contra la pared por cada contratiempo que se interpone en tu día a día. Todas esas conclusiones vitales que originalmente tuvieron sentido se han convertido, de tanto repetirlas, en despojos manidos que no sirven ni como eslogan de un anuncio de Fairy. Y así, acabamos convirtiéndonos en entes ególatras y tontos, que a pesar de ser conscientes de que “el dinero no da la felicidad y la salud es lo más importante”, siguen supeditando su vida al dinero y su estado de ánimo a nimiedades.

Tarde o temprano casi todos recibimos una o varias lecciones desagradables sobre el verdadero valor de las cosas. En mi inexperiencia personal, uno de los aspectos más perturbadores de andar todos los días entre enfermos es el hecho de ver de cerca el que podría ser tu futuro. No me refiero sólo a la gran tragedia del cáncer, que todos conocemos y tememos; también a muchas otras enfermedades que son tan letales, o que sin matar, implican una calidad de vida que hace desear la muerte a quien la sufre. Es la misma sensación que tienes cuando vas por la calle y te cruzas a un paralítico cerebral de tu edad y no puedes evitar pensar “podría haber sido yo”; y por un momento te sientes la persona más afortunada del mundo por ser capaz de caminar y mantener la saliva dentro de tu boca.

Para llegar a mi clase hay que atravesar varios pasillos del hospital y todos los días me encuentro gente enferma: pacientes en tratamiento de quimioterapia, lesionados medulares en silla de ruedas, personas que, sin saber exactamente lo que tienen, salta a la vista que están muy fastidiadas, etc. Cada mañana recibo un recordatorio de que la salud no es eterna, ni está garantizada. De que mi día a día está lleno de lujos: poder comer lo que quiera, ir al baño sin ayuda, escuchar a quien me habla, caminar sin cansarme, tener un sistema inmune intacto que me defienda de la mayoría de infecciones, ser capaz de pensar o poder hacer planes de futuro, entre otros. Sé que con muchas probabilidades, más tarde o más temprano, seré incapaz de hacer algunas de estas cosas que ahora me parecen tan normales. Por unos instantes, ese hipotético futuro se vuelve tangible, se materializa en un bofetón; desagradable pero efectivo.

Me paso el resto del día pensando en lo afortunada que soy. A la mañana siguiente, por si se me ha olvidado -que no es el caso-, me cruzo con unos celadores que arrastran una cama con alguien dentro. No alcanzo a ver cómo ni quién es. Puede que sea yo o algún ser querido en unos años.


Me dirijo a clase, y doy gracias por poder decir otro día más “joder, que suerte tengo”.

jueves, 9 de octubre de 2014

Usos y costumbres del refinado interlocutor virtual

El ser humano es un ser social y ególatra por naturaleza. Necesita dar a conocer su opinión -por estúpida que sea- a los demás y que ellos la aplaudan. (Evidentemente, mi blog es la excepción que confirma la regla). Una buena forma de hacerlo es pontificar sobre las noticias de actualidad del momento. Este ritual que antes tenía lugar en bares, cafeterías, o en frente de la máquina de café; ahora -como tantas otras cosas- se ha trasladado a la red. Así, nuestras palabras, lejos de irse mecidas por el viento, quedan plasmadas para la posteridad en un comentario de Facebook que, aunque borremos, permanecerá encriptado por lo siglos de los siglos en algún lenguaje de esos que sólo algunos frikis elegidos entienden.

La situación comunicativa ha cambiado por completo y puede que  a algunos de vosotros os cueste adaptaros. Actuáis como si todavía estuvierais intercambiando opiniones en la peluquería, la cola de la pescadería o el Bar Pepe, cuando en realidad estáis escribiendo en la página de un periódico digital que leen miles de personas. Consciente de vuestro problema, voy a dedicar el post de hoy a enseñaros, mediante 5 sencillísimos consejos, cómo comentar en la versión digital de un periódico de tirada nacional o autonómica. Si prestáis atención y os aplicáis, cuando acabéis de leer este artículo ya seréis unos modernos interlocutores del siglo XXI, preparados para dejar vuestras eruditas opiniones en el Facebook de La Nueva España y cosechar docenas de me gusta. 

1. Antes de comenzar, asegúrate de que tienes bien puestas las manoplas de cocina. Si como Chuck Norris sacas los bizcochos del horno con las manos desnudas, asegúrate de tener configurado el teclado de tu móvil o tablet en chino mandarín para no cometer el error, propio de novatos, de escribir un párrafo inteligible, coherente, con concordancia gramatical y corrección ortográfica.

Como podéis observar, el número de me gusta es inversamente proporcional al de tildes y comas empleadas. 

2. Coge tu retórica, tus argumentos formalmente correctos y métetelos por donde te quepan. En su lugar emplea términos como rojosdemierda y fachasdelculo, y si puedes, a la mínima saca a pasear a Franco, Stalin y Hitler (para dejar constancia de tu vasta cultura, no te olvides de indicar que este último llegó democráticamente al poder).

3. Si te quedas en blanco y no sabes qué decir, no te calles, utiliza estás cuatro palabras: así va el país. No importa cuál sea la noticia, puedes aplicar esta expresión a cualquier titular, legitimando de esta forma tu superioridad moral a la vez que recuerdas al resto -por si lo habían olvidado un segundo- la decadencia de nuestro país. Da lo mismo que la noticia vaya sobre un escándalo de corrupción, que sobre un asesinato, o sobre un cocinero que se mea en el puchero...¡ASÍ VA EL PAÍS! Es sencillo, ¿practicamos?
¡ASÍ VA EL PAÍS!
4.  Si la opinión de otro desconocido es diametralmente opuesta a la tuya, coge el respeto y la tolerancia y te lo metes por el mismo orificio que la ortografía y la retórica. La gente tiene la mala costumbre de pensar diferente a ti, y tú estás en la obligación de afearles esa conducta y corregila -si son listos, te lo agradecerán-. No te molestes en razonar con tu interlocutor, simplemente hazle saber que es un "impresentable", un "animal" y "un salvaje". Insultos idóneos para estas situaciones. Si te gustan los clásicos, puedes echar mano de banderas, colores, ideas políticas y, por supuesto, no dejes pasar la ocasión de llamarle "Nacional Socialista". También puedes sentenciar "¡Así va el país...con gentuza como tú!" Y no te olvides de mencionarle en tu comentario, para que lo lea y recapacite.


Discusión de lo más sosegada acerca de qué hacer con el perro de la paciente enferma de ébola.
5. Si puedes, y tienes ocasión enzárzate en discusiones bizantinas con desconocidos. El sexo de los ángeles, el aborto, la eutanasia, la existencia de Dios... seguro que obtienes resultados de lo más fructíferos y solucionas el problema. Y si no... siempre puedes montar un club de debate, o mejor...¡de lucha libre!




domingo, 14 de septiembre de 2014

EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON NO ES TAN CURIOSO

El viernes me dormí, motivo por el que no tuve tiempo de prepararme el bocadillo que sería mi almuerzo. Una vez en la calle, decidí parar en una panadería para comprar algo que comer al mediodía. La chica de detrás del mostrador, apenas un par de años mayor que yo, se dirigió a mi como si estuviera hablando con una discapacitada mental. Cualquiera de vosotros, mis queridos lectores, os hubierais sentido incómodos u ofendidos al creer que esa chica os estaba vacilando. Por el contrario, esta servidora, acostumbrada, no le dio más importancia, pues sabía que no lo estaba haciendo de mala fe. Finalmente, la panadera formuló la pregunta que yo ya me esperaba: ¿Ya empezaste el cole? No tenía tiempo para sacarla de su error, así que asentí con cara de pena, cogí mis empanadillas junto con la vuelta, y me fui.

A mi, como al pobre Benjamin Button al final de su vida, toda la gente que no me conoce y se topa conmigo en contextos que pueden dar lugar a confusión, me echan menos edad de la que tengo. Cuando tienes cuarenta años y te echan treinta y tres, te dan una alegría, pero te siguen tratando de la misma forma, tengas siete años más o siete años menos. Por el contrario, la cosa cambia cuando, como yo, estás en la franja de los veinte y te quitan tantos.

Mi constitución delgada y de baja estatura, que cualquier abuela asturiana de pueblo definiría como "ruinuca", me ayuda a mantenerme en los catorce o quince años. A esto hay que sumarle que el día que se repartieron los pies resistentes a los tacones, yo estaba en la cola de pulgares que se desencajan  a voluntad -mucho más resultón en reuniones informales, pero menos útil en  el día a día- por lo que mi indumentaria tampoco me pone demasiados años encima. Finalmente, no me ha quedado más remedio que aceptar mi condición de eterna preadolescente y aprender a sacarle partido. Mientras las femme fatale tienen que recurrir a sus armas de mujer para recibir un trato especial, a mi me basta con desmaquillarme, ponerme un jersey de Snoopie, y hacerme una coleta para que la gente me trate bien, sin miradas rijosas, ni segundas intenciones. Así, disfruto del trato amable que se les da a los menores -en la tienda, en la parada del autobús, en los aeropuertos, etc.- y cuando necesito que me tomen más en serio, me basta con sacar el DNI que acredita  mis casi 21 primaveras.

Cuando paseo por la calle y me paran los de WWF pidiéndome que me haga socia para salvar al tití  leonado, en lugar de poner las típicas excusas de no, es que ya pertenezco a Green Peace, lo siento, no tengo tiempo, etc. y sufrir sus caras de desaprobación, les digo con mi mejor sonrisa que soy menor de edad, y me dejan en paz automáticamente. A veces, si el activista es guapo y yo estoy de buen humor, añado un pero cuando cumpla los 18 pienso hacerme socia. Él recupera su fe en las nuevas generaciones y yo no me inscribo. Todos salimos ganando, excepto el tití leonado.

Mi aspecto da lugar a situaciones de lo más variopintas: me han parado en una frontera, jovenzuelos imberbes han intentado ligar conmigo, los niños se niegan a aceptarme como figura de autoridad y algunos pacientes me miran con pavor y sorna a partes iguales cuando estoy de prácticas en el hospital. Aunque sin duda alguna, mi favorita tuvo lugar el año pasado.

Era por la mañana y yo estaba sola en casa estudiando para un examen. Llevaba puesto un pijama de franela de Primark con estampado de osos panda, una coleta y las gafas. El colmo de la madurez y la sensualidad. Ahí me encontraba, intentando memorizar los tipos de diarrea cuando sonó el timbre. Era una chica del círculo de lectores, y como ya me había oído acercarme a la puerta, pegar el ojo a la mirilla y preguntarle ¿quién es?, no me quedó más remedio que abrirle.
-Hola, ¿están tus papis? -me preguntó-
-No
-¿Y estás con alguien mayor?
-No -sé que pude haber acabado con todo diciendo que yo era mayor de edad, pero igual intentaba vendérmelo a mí, y, además, me estaba haciendo tanta gracia la voz de deficiente que ponía para hablar conmigo que pensé Show Must Go On.

Era muy  insistente, tanto que estuvo hablándome diez minutos sobre la gran cantidad de colecciones de literatura infantil que el Círculo de Lectores podía ofrecerme a muy buen precio. Que se lo dijera a mis papis. La tentadora oferta, además incluía una enciclopedia escolar perfecta, en palabras textuales, para hacer los trabajos del cole. Yo alucinaba como nunca antes lo había hecho, porque me daba la sensación de que esa mujer no se imaginaba, ni de lejos, mi edad.
-No sé si esa enciclopedia me servirá -le dije con toda la mala intención del mundo-
-¡Cómo no te va a servir! A ver vida, ¿en qué curso estás?
-Tercero de carrera -respondí, y antes de que abriera la boca añadí- tengo veinte años.
Imaginaos que vais a visitar a un amigo, llamáis a su puerta y quien os abre es Julio Iglesias en traje de buzo y con un gorro de bufón medieval en la cabeza. ¿Qué cara se os quedaría? ¡La misma que se le quedó a la pobre vendedora! No se lo creía. Estaba tan descolocada que hasta me dio pena.
-¡Ay! Y yo que te echaba nueve años.
¿¡Nueve!? ¡Acababa de batir mi propio record!  Era comprensible que estuviera desconcertada. Yo en su lugar también habría flipado. Finalmente, opté por acabar con ese momento tan violento para ella con la frase que utilizo siempre en este tipo de situaciones y que, por si acaso, ya se decir en más de quince idiomas:
-Me conservo bien.



jueves, 31 de julio de 2014

Teo viaja en clase turista


Aquel día de mediados de junio el sol caía a plomo sobre las calles de la ciudad. El aire acondicionado del aeropuerto no era rival para el perfume de sobaquina que los pasajeros habían decidido ponerse esa mañana. Ahí me encontraba yo, muerta de calor, medio asfixiada y tirando de mis bártulos. La cola era larga de narices, porque el mismo avión llevaba a clientes de dos compañías distintas, lo que convirtió el embarque en un baile de cojos.

Atrapada en ese festival de camisetas de tirantes, bebes llorando, viejas intentando colarse y maletas de mano, me iba enfadando con todo el mundo -yo misma incluída- por segundos. Y es que si todos tenemos alguna manía inconfesable, la mía es que me tomo las aglomeraciones de gente como una ofensa personal. En mi vida he cogido seis aviones, cuatro trenes de larga distancia y, como nunca he tenido coche, varias decenas de ALSAs; y siempre  en clase turista. Por lo que no me ha quedado más remedio que acostumbrarme a ser otra sardina más en la lata de la clase media que sobrelleva sin mayor problema los medios de transporte abarrotados.

Teo en el avión chupándole el hombro a su oso de peluche
Aquel día, sin embargo, me encontraba como si me hubiera levantado de una de esas siestas que te sientan tan mal que te joden la tarde. Sentía correr la ira homicida por mi cuerpo. Por fin los azafatos se colocaron en el mostrador y aquella gigantesca cola comenzó a moverse torpemente. Primero pasaron los minusválidos en silla de ruedas y las madres con niños y carricoches, después, los pasajeros de tal fila a tal otra, y por último llegó mi turno. Una vez dentro del avión, la situación no hizo sino mejorar... ¡Me había tocado el asiento del medio! Así que embutida entre los codos de un señor de mediana edad bastante amable, todo sea dicho, y una chica, pasé las siguientes dos horas. Después del aterrizaje, la gente, como de costumbre, se puso de pie cuando todavía ni han abierto las puertas, se empujaron unos a otros con educación, y, con la velocidad y destreza propias de una tortuga ninja borracha, cogieron sus pertenencias y abandonaron el avión. 

Lo que me esperaba tras el vuelo eran ocho horas de ALSA. Al subir al autobús un cartel rezaba así: "Este trayecto sin paradas patrocina su futuro trombo". Di gracias a Dios por ser de corta estatura y me armé de paciencia.Me quedé sopas y soñé. Soñé con un mundo distinto en el que yo era una política. ¿Concejal de festejos? ¿Lehendakari? ¿Presidenta del gobierno? No lo recuerdo. Sea como fuese, viajaba a todos los actos oficiales en un enorme y lujoso jet privado. Acostada en la cama king-size, bebiendo champán y viendo Cuerpos embarazosos en una tele de plasma mientras mis estilistas me hacían la manicura. 

Mi siesta llegó a su a la altura de Burgos. El efecto diurético del champán onírico se empezaba a notar, así que dejando en el asiento cualquier tipo de escrúpulo, me encaminé a ese lugar que se hacía llamar "baño". Por si no lo sabéis, en los ALSA sólo se puede hacer pis. Pues bien, alguien se había quedado muy a gusto infringiendo esa norma. Y dado que el ALSA no está preparado para recibir excrementos sólidos, lo que en ese cubículo se cocía...¡olía a Mordor! Nada más alejado de la grifería de oro al más puro estilo dictador africano que adornaba mi avión...

Mi pasatiempo durante el resto del viaje consistió en deleitarme con las caras de sufrimiento y horror del resto de pasajeros al salir del baño... "Eso los de primera clase no lo pueden disfrutar" pensé para mis adentros.  Y es que...¡el que no se consuela es porque no quiere! 




sábado, 21 de junio de 2014

Adiós al Alkor

Los jóvenes estamos acostumbrados a que nos estafen allá donde vamos.  Somos una presa fácil dispuesta a pagar cincuenta euros por unos playeros de lona (conocidos en otros círculos como Converse All Star), a cambiar de móvil más a menudo que de ropa interior, a tener encargada la PlayStation4 cuando todavía nos funciona la 3 o, incluso, la 2. Mientras algo sea bonito, o en su defecto esté a  la moda, no importa que sea caro o de mala calidad. Cuando salimos de fiesta las cosas no son muy distintas: pagamos alegremente tres euros por un cachi (un mini para los de debajo de la Cordillera Cantábrica) de mocho tras ver en nuestras narices como nos lo preparan con cola del LIDL y un caldo que pone al Don Simón a la altura de un Gran Reserva; apoquinamos cinco pavos por una copa mal echada del peor garrafón del mundo y, no contentos con eso, nos tomamos un chupito de Tikela (ojo, que no es ni siquiera Tequila, sino un sucedáneo que mete miedo) al precio de un José Cuervo. A continuación, cuando visitamos los baños del local para evacuar las bebidas  por las que nos han clavado, nos encontramos un pantano de ese característico “barrillo negro” en el suelo y un hervidero de infecciones donde tendría que estar la taza. Lo más sorprendente es que este tipo de antros son los que siempre se llenan, pero finalmente lo mismo que los encumbra termina por tragárselos: las modas. Los adolescentes y jóvenes, cual masa uniforme y errática, dejan de ir a uno para empezar a frecuentar otro de distinta apariencia pero idénticas características. Sin nada nuevo que ofrecer.


La providencia y las palabras de mis hermanos mayores me condujeron a un bar fascinante, absolutamente distinto de todo lo anterior: el Alkor. Con casi medio siglo de historia a sus espaldas, se lo podría considerar como una institución ovetense conocida por todos.  A primera vista puede parecer el típico chigre, pero si lo examinas en profundidad te das cuenta que es un lugar muy especial. La primera sorpresa con la que te encuentras es que cumple la ley rigurosamente no dejando entrar ni vendiendo alcohol a menores de 16 años, algo tan infrecuente en estos tiempos que corren  como loable; pues muchos hosteleros sirven bebidas alcohólicas a menores que no levantan un palmo de la barra, sin ningún tipo de escrúpulo. Otro aliciente, sobretodo para estudiantes sin muchos ingresos como yo, eran los precios. No os voy a recitar la carta, simplemente os diré que cuando Zapatero hablaba del café de 90 céntimos (y grande) se refería veladamente al Alkor, a partir de ahí, extrapoladlo al resto de consumiciones alcohólicas y no alcohólicas; todo lo contrario a la situación que os describía antes. Honradez pura y dura.  


Un arsenal de juegos de mesa, libros, revistas, ping-pong, billar, futbolín y una limpieza de la que pocos bares donde paren jóvenes pueden presumir junto con el gran trato al cliente, hizo que durante casi cinco años se convirtiera en mi lugar favorito para ir a tomar algo o para esconderme  de la desolación que azota Oviedo cada verano. Siempre creí que sería yo la que dejara de frecuentarlo cuando me fuera de la ciudad o cuando llegada cierta edad ya no pudiera tomarme un calimocho sin hacer el ridículo, y aun así, albergaba la seguridad de que mis hipotéticos hijos seguirían yendo por ahí. Hace un mes que el Alkor anunció que hoy, día 21 de Junio, cerraría sus puertas. Es un acontecimiento triste para nuestra ciudad, y –en palabras de muchos clientes cuando recibieron la noticia- “el fin de una era”.