viernes, 2 de diciembre de 2016

MIERDA DE LA BUENA



No sé si a vosotros también os pasa, pero cuando escucho la expresión "mierda de la buena" automáticamente mi cerebro piensa en un camello afroamericano (gracias Hollywood por tus prejuicios raciales) con gorro de lana y camiseta de tirantes promocionando la mercancía "eh tronco, tengo mierda de la buena, vas a flipar con ella". Es un reclamo publicitario de puta madre. Imaginaos que es sábado, os acabáis de liquidar una fabada con sus dos copas de vino correspondientes y su arroz con leche (o lo que sea que comáis los de debajo de la Cordillera Cantábrica) y cual serpiente pitón os retiráis a vuestra madriguera a echar la siesta. Entonces, en ese momento mágico en el que estás apunto de quedarte sopas, suena el teléfono. ¿Quién será? Desde luego tiene que suceder algo grave para que llamen un sábado a las 15.45 de la tarde; un incendio o una defunción como mínimo. Haciendo un esfuerzo hercúleo sales de la cama y descuelgas el auricular antes del último timbrazo.
-Buenas tardes doña Clara, mi nombre es Ignacio Manuel y le llamo de Vodafone ¿está usted contenta con su compañía telefónica? 
Y sientes cómo la ira homicida ocupa cada resquicio de tu cuerpo. Te apetece mandar a Ignacio Manuel a la mierda (en este caso, a la mierda de la mala) pero como tienes un mínimo de conciencia de clase y sabes que no es su culpa decides ser cortés. Llegados a este punto os voy a revelar un truqui del almendruqui (que es mierda de la buena y, dicho sea de paso, le debo a mi hermana mayor) para no tener que escuchar la chapa y a la vez ahorrarte situaciones incómodas. Es tan simple como esto:
- Buenas tardes Ignacio, verá yo soy la asistenta. La señora no está.
Te suelen preguntar a que hora va a volver la señora (en mi caso siempre más tarde de las 22.30) y te dejan en paz. Casi siempre.

En cierta ocasión, un frío lunes de marzo, en la que me hallaba yo en el sueño más dulce e ilícito de los sueños  (estaba pirando clase, a ver que os pensabais, gochones) me despertó cierta operadora de una conocidísima compañía de seguros e intentó venderme un seguro de vida a pesar de haberle dicho que era la asistenta. La cosa ocurrió tal que así:
-Verá, soy la asistenta, la señora no está.
-Ah, bueno...¿y tú con qué compañía tienes tu seguro de vida?
-No tengo, aún soy muy joven.
-¿Pero cuántos años tienes? 
-Veintitrés.
-¿Veintitrés? (no sé por qué se le hacía tan raro, ni que le hubiera dicho que tenía siete años)
-Sí
Ojito porque no quedó ahí
-Ah, ¿y sabes si tu madre tiene contratado un seguro de vida?
-Pues no, no lo se.
Ahora viene lo mejor.
-¿Y me puedes dar el móvil de tu madre?
Qué giro tan dramático, descubrir que el teléfono de la madre de la asistenta era el de la señora de la casa por la que había preguntado inicialmente. Ni Amenábar.
Pero no se lo di, le dije: "mira, no". Y colgué. Esa mujer se merece un aumento de sueldo por su vehemencia...o una denuncia por acoso. No estoy segura.

Se me va el santo al cielo ¿por dónde íbamos? Ah, sí: MIERDA DE LA BUENA. Pues eso, que es un reclamo publicitario cojonudo. Si la teleoperadora en lugar de preguntar si estoy contenta con mi compañía telefónica/de seguros me dijera "mira tronca, tengo una promoción de fibra óptica + 2 gigas de internet en el móvil que es  mierda de la buena" todo sería diferente. Incluso hasta puede que la escuchara.

¿Y por qué os hablo de mierda de la buena? os estaréis preguntando los que no hayáis dejado de leer. Pues porque quiero compartirla con vosotros. En este caso no me refiero a las drogas (que son demasiado caras para compartirlas) sino a la verdadera mierda de la buena. La que le sirve de alimento a mi refinado espíritu y que incluye las más variopintas expresiones artísticas, desde el vídeo del chino que se rompe los incisivos por comer una mazorca de maíz pinchada en un taladro en marcha, hasta la última película o libro que se me haya ocurrido ver y que  merezca esa honorable consideración.
Por lo tanto, queda inaugurada esta sección cuyo nombre ya habréis intuido:
MIERDA DE LA BUENA



sábado, 2 de abril de 2016

MODAS CHUNGAS I

En Japón tienen un problema muy serio: les faltan actores porno. Su industria del cine X está en peligro de extinción debido a una gran desproporción entre la cantidad de hombres y mujeres intérpretes (siendo ellas mucho más numerosas). Hay quien achaca esta situación al gran aumento de los soshokukei danshi o chicos herbívoros, jóvenes que se declaran asexuales y que en consecuencia no están interesados en consumir -y mucho menos protagonizar- material pornográfico. Actualmente se debate si esta condición se trata de una orientación sexual más, de una disfunción orgánica o de una moda pasajera. No tengo ni idea. Lo cierto es que está presente en todo el mundo, pero en Japón con muchísima más fuerza. Los nipones siempre me han parecido gente peculiar que populariza artilugios y prácticas insólitas, como los besos con lengua en el ojo que tan de moda se pusieron hace unos años (hablo de los ojos de la cara, lo otro ya está inventado desde hace mucho) y que llevaron a más de uno a perderlo por infecciones. Si lo pensáis todos los meses sale en el telediario alguna nueva y demencial moda made in Japan, y aunque la mayoría nacen, crecen, se reproducen y mueren sin salir de la isla, unas pocas como el cosplay, el anime y el sushi logran cosechar verdadero éxito en occidente.

Nosotros los españoles -eternamente acomplejados- nos dejamos influenciar por los anglosajones y la Europa civilizada  (al norte de los Pirineos y al oeste de los Cárpatos), que aunque no tiene en la vía pública máquinas expendedoras de ropa interior femenina usada (se venden por Internet), también se las trae. Y es que bien pensado, manda cojones que adoptemos como faro de tendencias a un país donde se enmoqueta hasta el cuarto de baño. ¡Es más antihigiénico que los filetes en la córnea! Si en Londres les da por tatuarse margaritas en el escroto os aseguro que en cuestión de medio año (incluso puede que menos gracias a las redes sociales) Oviedo, Valladolid, Cáceres o Huelva se llenan de escrotos adornados con motivos florales. De las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, mejor ni hablar. Y es que amigos esto es lo que sucede cuando juntas en un bote la estulticia humana con la globalización y lo agitas muy fuerte.

Pero no vamos a echarle toda la culpa a Internet, ya a principios de los 2000 cuando no había wi-fi en todas las casas y Facebook estaba gestándose, podías encontrar modas de lo más estúpidas. Quienes tengáis hermanas mayores, o hayáis nacido en la segunda década de los ochenta o simplemente hayáis salido a la calle entre el 2001 y el 2004 os acordaréis de la apocalíptica tendencia de ponerse un pantalón de campana (para más inri) debajo de una falda o un vestido. El sinsentido materializado en un outfit. Aprovecho para saludar a mi hermana mayor. En serio ¿alguien me lo puede explicar? ¿De qué cabeza desviada y enferma salió semejante aberración estética? ¿Por qué tuvo éxito? Si sois nostálgicos podéis revivirlo viendo reposiciones de Un Paso Adelante, donde las chicas también se adornan con calentadores porque como todo el mundo sabe, acatarrarse los tobillos te puede costar la vida.

La única con un poco de estilo y saber estar en esa serie era Doña Carmen Arranz (Lola Herrera)
En cuestión de unos años las chicas nos dimos cuenta de nuestro error, y con la intención de enmendarlo dejamos en casa los pantalones, y la falda, y algunas hasta las medias. Y ese fue el origen de las camisetas-vestido (camisetas de licra normales y corrientes pero más caras) o de cómo acariciamos el nudismo sin casi darnos cuenta.

La sección dosmilera de ropa de caballero tampoco se queda atrás. A mí no se me olvidan aquellos pantalones cagados y las innecesarias exhibiciones de culo o, lo que es peor, de boxers desteñidos por el uso o puede que por la corrosión de ese tipo de pedos que, como susurros asesinos, sueltan las tripas cuando están enfermas.

Y al igual que nosotras, ellos tampoco tienen término medio. Basta con dar una vuelta para toparse con decenas de chavales modernos embutidos en vaqueros pitillo tobilleros al más puro estilo toxicómano de principios de los noventa. De esos pantalones a empezar a pincharse sólo hay un paso.  No es sólo por estética, estamos ante una cuestión de salud pública; os digo yo que más de uno se está quedando estéril sin darse cuenta y otros lo llevan tan metido por el culillo que les sabe la boca a pantalón vaquero. Vamos, el equivalente masculino del camel toe de toda la vida.
Para los que no sepáis mucho inglés, camel toe significa pezuña de camello. Ahora todo cobra sentido ¿eh?

Pero no todo va a ser mirar la paja en el ojo ajeno, he de reconocer que esta menda que os escribe tampoco es inmune a las modas chorras y gusto de llevar la camisa abrochada hasta arriba cual Bimba Bosé de pacotilla o paleto manchego (según se mire). En fin, concesiones hipster que hace una.

Cuenta la leyenda que Bimba y su tío Miguel en realidad
 son la misma persona.
Lo que más me gusta de ir al dentista o al oculista es mirar la orla gigante que tienen colgada en la sala de espera. Esa de la promoción de 1981-1987 plagada de chavales de veintipocos señores con barba de náufrago y enormes gafas cuadradas de pasta y en la que cualquier miembro del GAL habría pasado desapercibido. ¿Quién me iba a decir, (¡ay mísera de mí! ¡ay infelice!) que las pintacas de mi generación no distarían mucho de las de aquellos que se graduaron en los ochenta? Cuando me quise dar cuenta yo también tenía unas gafas de pasta y había dejado de depilarme el bigote.
Simpático corrillo de Felipe González, Alfonso Guerra, Juan Carlos I y un hipster que pasaba por ahí. ¡Que no! Es Narcís Serra, en aquel entonces Ministro de Defensa.
Lo del vello facial es otro cantar. Antes llevar barba era de sucios, profetas y papás noeles, ahora si no tienes una bien espesa eres un don nadie (Mr. nobody para los modernos) y quedas inmediatamente excluido de cualquier actividad mínimamente bohemia o creativa. No podemos obviar de ninguna manera a los que se rapan la cabeza al cero o al uno y luego se dejan una inmensa barba rabínica. Son, a mi entender, la encarnación humana del jersey de cuello alto y sin mangas. ¡Hombre por Dios! ¡Si hasta Mr.T se dejaba por lo menos una cresta!

Narcís detrás de Felipe, si no fuera por los tanques se diría que van a presentar una antología poética.
Ante semejante panorama es imposible no preguntarnos qué nos deparará el futuro. No lo sé, pero estoy segura de que nada nuevo. Por si las moscas ya estoy aprendiendo a cardarme el pelo y quién sabe si más de un rapado con barba acabará en un par de años afeitadito y con un Mullet en la cabeza.

viernes, 19 de febrero de 2016

DE POR QUÉ SÁLVAME ES DELUXE



No sé si vosotros también lo habéis percibido, pero de un tiempo a esta parte reina en el ambiente una “susceptibilidad generalizada” de la que se deriva una corrección política exquisita –o estúpida, según cada quién-. Lo que vengo a decir es que últimamente no te puedes ni cagar en la leche sin que alguna asociación de amigos de la ganadería te afee semejante conducta, por poner un ejemplo.
Mi opinión a este respecto es que lo mejor que uno puede hacer en esta situación es dejar de opinar y adaptarse al nuevo civismo que impera. Por eso hoy voy a reclamar más dignidad y respeto para un colectivo al que pertenezco y que es públicamente vapuleado sin que nadie diga ni mú: los consumidores de telebasura o, como preferimos que nos llamen, coprovidentes.

Puede que sea la reencarnación de una ama de casa octogenaria de Ojén, pero a mí me gusta –qué digo ¡me encanta! ¡me fascina!- la telebasura. Los moradores de Telecinco hacen mis delicias cada vez que encuentro un rato para verlos.  Alguna vez, incluso, me he sorprendido a mí misma gritando ¡Guapa! ¡No llores que tú vales mucho! a la imagen de Lydia Lozano en el televisor. Por eso me hiere en lo más profundo de mi corazoncito cuando escucho o leo que los coprovidentes somos la razón de todos los males de la sociedad. Que si el disco de Kiko Rivera y el libro de Belén Esteban no encabezaran las listas de lo más vendido, otro gallo nos cantaría.
 Yo, al igual que Rosa Benito, soy una SEÑORA (entiéndase como dama de valores y educación, no como mujer que pasa la cincuentena) así que, lejos de responder con palabras soeces a quienes me agravian, les responderé con buenas razones que les harán olvidar a Schopenhauer y enamorarse de Mila Ximénez. 
Permitidme picar a vuestra puerta y preguntaros ¿tenéis un minuto para hablar de Jorge Javier?


En primer lugar, he de decir que por mucho que resqueme, la telebasura y todo lo relativo a ella es cultura, cultura pop, pero al fin y al cabo cultura. O dicho de otro modo, materia preguntable en el quesito rosa del Trivial. Y para ser culto, hay que saber de todo un poco. Por eso, aquellos que os consideráis espíritus refinados –si de verdad queréis llegar a serlo- deberíais apartar la vista de vuestros volúmenes  de Cátedra exquisitamente prologados y posarla sobre el resumen vespertino de Gran Hermano VIP. ¿Os gusta el tremendismo de Cela? ¿Los turbios personajes de Bukowski o de Palahniuk? Pues ahí tenéis dos platos. ¿O de dónde pensáis que salen? ¿De lugares llenos de universitarios de clase media-alta como ARCO o el BBK? ¡Mon Dieu!

Estéticamente estos programas no tienen desperdicio. Los bronceados naranjas, las mechas platino sobre pelo negro como el carbón, los labios perfilados con rotulador indeleble, los trajes superajustados de raya diplomática combinados con camisas de color rojo o morado son, sin duda, la vanguardia de la moda. Aunque lo que a mí más me sorprende son esas pieles suaves y perfectas como el culito de un bebé. ¿Acaso un tronista musculado y peludo que se depila con cera hasta los huevos no se merece cobrar 3000 euros al mes? Ese chico se ha dejado, junto con su vello, más sangre, sudor, y, sobretodo, más lágrimas que cualquier universitario con sus estudios y merece una recompensa acorde a tal esfuerzo. Y ¡qué coño! caminar sobre esos tacones altos cual andamios se merece un plus de peligrosidad a final de mes. Me cuesta creer que en los casi 10 años que lleva emitiéndose MHYV ninguna se haya roto, como mínimo, un tobillo.
Eso sí, si os animáis a ver Telecinco debo advertiros que el mundo de la telemierda es un microcosmos con un idioma que aunque se parece bastante, no es castellano. Una mañana de gripe al hacer zapping me topé en Telecinco con un tronista que, con la mano levantaba, gritaba desaforadamente a la presentadora: ¡Por Ilusiones, Emma, por ilusiones! Lo comprendí todo cuando lo remató con un por ilusiones hacia mi persona. Lo que ese despistado y fortachón jovencito quería realmente era responder a unas ALUSIONES, y no ilusiones, que alguien había hecho. La acusación más grave que pueden verter sobre un tronista o un dependiente es que haya tenido o mantenga un “hacer” (affaire, para los puristas del castellano) con alguien ajeno al programa. Debido a la prohibición de tocar explícitamente ciertos temas en horario infantil, los colaboradores de Sálvame utilizan los términos agua con misterio y vida para referirse al alcohol y a las drogas ilegales (fundamentalmente coca) respectivamente. Esta nueva acepción de la palabra vida toma su origen en ilusión a unas declaraciones en las que Belén Esteban aseguraba que ella sólo era adicta a la vida. ¿No es genial?

Probad a mirar la telebasura con ojos menos inquisitivos: pasaréis un buen rato y, lo más importante, os saldrán menos arrugas.

¡Feliz viernes! Divertíos pero sin disfrutar demasiado de la vida.