lunes, 12 de octubre de 2015

¿Y los niños? ¿Es que nadie piensa en los niños?

El otro día estaba sentada en el sofá de mi casa cuando reparé en que ya soy demasiado mayor para decir: "cuando sea mayor..." Y tras ese descubrimiento se me cayeron encima otras muchas evidencias de mi incipiente senectud como el hecho de que me dan asco los bichos o que el telediario me entretiene. Fue un programa de televisión el que me hizo llegar a tan certeras conclusiones acerca de mi infancia, ya marchita. Hora de Aventuras, para ser exactos. Estaba viendo esos dibujos animados cuando me di cuenta de que su argumento, lejos de seguir un desarrollo lógico, era una sucesión de locuras lisérgicas. Y lo mismo me sucede con Historias Corrientes, Dora la Exploradora y demás series infantiles.

En un primer momento caí en el error de pensar que las series de ahora no son como las de antes, que cuando yo era pequeña los dibujos eran mucho más normales. Pero no. No son los dibujos los que han cambiado, sino mi cerebro. Algo me hace creer que ver el mundo desde la óptica de un infante debe ser como estar hasta arriba de psicotrópicos cuyo efecto se va desvaneciendo conforme cumples años. Su comportamiento es idéntico al de un adulto colocado: lloran a voces en público si se les cae la piruleta al suelo, tienen conversaciones de lo más surrealistas con otros niños desconocidos, se zurran entre ellos, se baban, les cuesta expresarse con claridad y -lo que hoy nos atañe- no cuestionan los más que incoherentes giros argumentales de los dibujos animados. Porque, mis adorados lectores, las series de dibujos siempre han sido igual de absurdas. Somos nosotros los que no siempre hemos estado tan lúcidos. 

Pensad en las series emblemáticas de nuestra infancia. En mi caso, mediados-finales de los noventa y principios de los dos mil. 

Para empezar, la presentadora del primer espacio infantil que recuerdo no es otra que la talentosa y recientemente virgen Leticia Sabater. Sí, Leticia Sabater formó parte de los primeros años de vida de toda una generación y nadie se echó las manos a la cabeza. Si como a mí, os da por rememorar alguno de aquellos viejos sketches de Con mucha marcha en youtube, advertiréis que por aquel entonces, nuestra estrella mediática no tenía una personalidad tan arrolladora, ni tanto furor uterino como ahora; pero tampoco respiraba inocencia y jovialidad. Motivo por el que más de un púber que ya no estaba en edad de ver programas infantiles hacía una excepción sintonizando La 2 cada mediodía.

Pero mi generación no fue la única que tuvo como iconos infantiles a gente sexualmente inquieta. Los que ahora andan por la treintena crecieron con las canciones de Enrique y Ana. Nadie sabe que fue de Ana, pero...¿qué pasó con Enrique  del Pozo? En lugar de volver al digno negocio familiar de charcutería, decidió seguir con la música. Eso sí, adoptando un registro más adulto y sobretodo más casposo, que nos ha dejado chucherías como esta:

Es triste pedir, pero más triste es cantar (esto)


Dejando a un lado la sección de "ídolos infantiles de carne y hueso" nos adentramos en los no menos demenciales dibujos animados. La primera serie que me gustaría mencionar es Arthur. Durante mi infacia me tragué innumerables capítulos -algunos repetidos- sin plantearme nunca la enorme duda existencial de ¿Qué puto animal era Arthur? Apuesto a que ninguno la sabe responder sin mirar la Wikipedia -no me seáis tramposos-. Pues bien, Arthur era un cerdo hormiguero. ¿Cómo se te puede ocurrir hacer una serie de dibujos protagonizada por un cerdo hormiguero? O lo que es más sorprendente ¿Quién la dio de paso para que la emitieran?  ¿Por qué Arthur y su familia no entienden al perro?  Sus amigos pertenecen a distintas especies de mamíferos peludos -no podían ser todos cerdos hormigueros- y se comunican con ellos sin problema, pero con el perro, en cambio, no. Menudos elitistas. En esta serie también había sitio para el canto a la multiculturalidad y la desmantelación de los prejuicios raciales, por lo que se les ocurrió la genial idea de poner personajes de distintas razas sin que ningún niño reparara en la complejidad del concepto creado: animales mamíferos antropomórficos de distintas especies con diferentes  rasgos raciales humanos. Tiene miga.
Glorioso momento el del Jekyll Jekyll Hyde

Si creéis que los nórdicos son gente civilizada es que no os acordáis de la grandiosa serie sueca: Tres amigos y Jerry, una especie de versión dulcificada de South Park emitida por el Club Megatrix a principios de la década de los 2000. A parte de un contenido bastante explícito, esta serie contaba con un villano insuperable llamado Óscar el Depravado. Este tal Óscar era el vagabundo oligofrénico y sexualmente desinhibido del pueblo, que empleaba sus ratos de ocio en asustar a los niños más pequeños. Tras muchas protestas la serie se retiró, pero ya era demasiado tarde. Óscar el Depravado vivirá siempre en los corazones de quienes lo conocimos cuando todavía carecíamos de la edad y prejuicios necesarios para juzgarle. ¡Va por ti, Óscar!

Los siguientes invitados son tres bebés que, durante su estancia en un orfanato, fueron alcanzados por un rayo convirtiéndose en culturistas con superpoderes rabelesianos; por lo que se llamaron a sí mismos Los Megabebes. Sus temibles ataques consistían en ahogar a sus enemigos en diversos fluídos corporales: mocos, cera del oído, heces, vómito... A algún listo de los cojones se le ocurrió que la mejor hora para emitir semejante esperpento era la del desayuno -porque a la comida echaban los Simpson, que si no...-

No podemos ignorar al dibujo animado más elegante, señorial y, si me apuráis, con un punto seductor sólo capaz de igualarse al de Bertín Osborne. Me refiero al gran Willy Fog, que se presentaba a sí mismo en la cabecera tal que así "Soy Willy Fog apostador, que se juega con honor la vuelta al mundo. Aventurero, gran señor, jugador y casi siempre ganador" No sé vosotros, pero yo aquí además de un gentleman, veo un ludópata en potencia. Sin olvidar a su concubina, que sometida al heteropatriarcado, se define de la siguiente manera: "Yo soy Romy, dulce y fiel. Y vivo enamorada de él" ¿Romy? El único destino aceptable para alguien que se llama Romy es abrir una mercería de barrio y ponerle ese mismo nombre.  "Lanas y lencería ROMY" Pero a lo que íbamos, que Mocedades lo petó con la canción del principio de Willy Fog, y quien diga lo contrario ¡miente!

Leticia Sabater, Enrique del Pozo, un cerdo hormiguero, un vagabundo acosador sexual, los hijos bastardos de Gargantúa y un león británico adicto al juego son algunos de los personajes que han contribuido a educar a varias generaciones de niños españoles que hoy, convertidos en adultos, se echan las manos a la cabeza con las series infantiles actuales y las censuran con falsa superioridad moral de abuelo cebolleta mientras cambian de canal. Para poner Gran Hermano.





martes, 31 de marzo de 2015

El masoca interior

Muchos habréis oído hablar de esa movida del niño interior que todos tenemos y con el que, por lo visto, hay que llevarse bien para ser una persona equilibrada. Por el contrario, estoy segura de que nadie os ha mencionado nunca a otra criaturilla  que habita dentro de la mayoría de nosotros, nuestro masoca interior, responsable de conductas tan frecuentes y extendidas entre la población como carentes de sentido.

Imaginad que os invito a mi casa a comer  y cuando estoy rebanando el pan para los canapés, me corto un dedo. Es una herida dolorosa y fea de la que además mana bastante sangre. Vosotros, que sois gente muy cortés y amable, os ofrecéis a curarme con betadine y gasas, o a llevarme al hospital si con lo primero no basta. Entonces yo, con toda naturalidad os digo que no os molestéis, y en vez de lavar la herida, lo que hago es meter la mano afecta el el cubo de la basura y rebozarla bien en mierda. A continuación saco la caja de las herramientas y con el martillo empiezo a pegarme golpetazos en el dedo cortado mientras grito y lloro de dolor. Creeríais que me he vuelto loca, algunos os marcharíais despavoridos, otros me llevaríais a rastras al hospital y un tercer grupo, me grabaríais con el móvil y lo colgaríais en algún grupo de WhatsApp.

Sin embargo ninguno nos extrañamos cuando alguien a quien su pareja le acaba de romper el corazón se pasa las tardes y las noches escuchando baladas de Cat Stevens, viendo películas románticas y revisando compulsivamente todas las fotos que tenían juntos, sus cartas de amor y sus regalos. Esta autoflagelación emocional está tan aceptada en nuestra sociedad que hasta se pueden encontrar en Spotify varios recopilatorios de canciones deprimentes especialmente diseñados para la ocasión.  Y es que, mis queridos lectores, que levante la mano quien no lo haya hecho, quien no haya alimentado las brasas del desamor con baladas de Skid Row, Maná, Kiss o Queen  mientras rememoraba viejos y felices recuerdos. No sois vosotros mismos, sino vuestro masoca interior quien, aprovechando la coyuntura, toma las riendas y se lo pasa teta mientras vosotros sufrís más que Álex Ubago el día de San Valentín. 

No obstante, estas criaturillas de nuestra psique son las responsables de una industria que da de comer a muchísimas personas: el cine de terror. Que alguien me explique qué sentido tiene ir a ver una película cuando sabes que te lo va a hacer pasar mal. ¡Ajá! No tiene explicación. Mola y punto pelota. Pagas por recorrer el camino de vuelta a casa mirando hacia atrás, por dormir esa noche con la luz encendida. Pagas en definitiva por una sensación tan desagradable como lo es el miedo. Tú te cagas por la patilla mientras tu masoca interior se lo pasa en grande y disfruta de un zumo de adrenalina recién exprimida de tus glándulas suprarrenales.

El tercer y último ejemplo de la noche, y, dicho sea de paso, mi favorito es el de lo que yo llamo malestar voluntario, la base del éxito de programas como "Cuerpos embarazosos" o "Urgencias bizarras", de algunos vídeos virales  o incluso -poniéndonos más finos- del Realismo Sucio. Se define como aquella situación en la que  algo te da repelús o desasosiego pero aún así no puedes parar de mirarlo y/o tocarlo. Esto es lo que nos sucede con las espinillas.  Sabes que no hay que manipularlas, que en un par de días terminan desapareciendo y sin embargo sientes el irrefrenable impulso de reventarlas.  Unas veces eres capaz de contenerte, pero otras sucumbes y terminas explotando alguna a sabiendas de que va a tardar más en curarse e incluso puede que se te infecte. Aún así, te plantas delante del espejo y, ¡pop! Durante unos segundos te invaden simultáneamente  dos sentimientos aparentemente incompatibles: grima y paz interior.Tornándose esta última en remordimientos en cuanto ves el estropicio que te has hecho en la cara. 

Aunque no termino de entender muy bien su significado evolutivo, algo me hace creer que  la existencia del masoca interior, al igual que el dedo meñique del pie, a parte de infligir dolor, obedece a alguna razón (todavía desconocida por el hombre) . Tal vez el cometido de nuestro masoca interior sea cuidar del niño que todos llevamos dentro para evitar que meta los dedos en un enchufe y nos volvamos locos.  O tal vez no.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Dark side of Facebook


Como habréis podido observar, he hecho una página de Facebook de Memorias de una Desmemoriada, que no es más que el resultado de un ataque de aburrimiento y egolatría. Si aún no le habéis dado a me gusta, adelante, me daréis una enorme satisfacción únicamente comparable con encontrarme un billete de cinco euros en el bolsillo de un pantalón.

Mis queridísimos lectores, Facebook y yo tenemos una relación de lo más tormentosa. Tal y como le sucedía a Catulo con Lesbia, lo odio y lo amo al mismo tiempo (sí, a veces me gusta ser un poco pedante ¿pasa algo?). El mayor problema que le encuentro a esta red social -y a todas en general- es que están cambiando nuestra forma de entender la vida en general y el ocio en particular. A mucha gente ya no le sirve con disfrutar, necesita hacer público su deleite, que todo el mundo sepa lo feliz que es y esto crea, cuanto menos, situaciones desesperantes.

El fin de semana pasado asistí a un concierto de un grupo tributo a Nirvana, éramos cuatro gatos contados (unos 50 humanos aproximadamente) y la mayoría de los ahí presentes parecían estar más pendientes de grabar la actuación con el móvil y sacarse selfies con el escenario de fondo que de saltar berrear y hacer pogo. A ver ¿qué otra maldita ocasión vas a tener a lo largo de tu vida de gritar rape me -viólame en inglés, para los no angloparlantes- delante de un montón de desconocidos sin que te ingresen en Psiquiatría? Evidentemente, todo ese material audiovisual iría a parar a Facebook. Me parece más que irónico que cada vez haya más personas que disfruten más exhibiendo sus momentos felices, que con los propios momentos felices en sí. Es la única explicación que le encuentro a este fenómeno.

Otro ejemplo. Tarde lluviosa de domingo, de esas que hacen que el HUCA se inunde. Hace un frío que pela y el mejor plan es con diferencia quedarse en casa y a ser posible cerquita de un radiador. Tu madre ha preparado fabada para comer y como ya tienes suficientes flatulencias decides tomarte un té en lugar de un café. Al abrir la caja de las infusiones te encuentras una gran variedad, incluso algunas cuya existencia desconocías. Tu té favorito -o mejor dicho, el único que toleras- es el te negro, pero has leído que el verde es más sano y además te parece más sofisticado, así que te quedas con este último. Con tu taza de Mr. Wonderful a rebosar de humeante te verde, sientes repentinamente un irrefrenable deseo de leer a la generación beat. De modo que coges el libro de Jack Kerouak que lleva muerto de risa en tu mesilla de noche desde que lo compraste hace seis meses en Fnac por recomendación de ese rollete gafapasta que al final quedó en nada. Antes de empezar a leerlo miras cuántas páginas tiene y te cercioras de que la letra tenga un tamaño aceptable, no sea que te estés embarcando en una travesía demasiado ambiciosa. Finalmente comienzas tu lectura mientras disfrutas de las quemaduras de tercer grado de tu lengua cortesía de Hornimans. Lees la primera página, la segunda, la tercera, resulta ser tan entretenido que la cuarta página ya la lees en diagonal. Se te va el santo al cielo y decides -con tal de no seguir leyendo- que sería una buena idea inmortalizar ese momento. Encuadras bien, que se vea la taza con el puto unicornio de los cojones, el papelito del té -que se sepa que es verde- así como el título y el autor del libro que estás leyendo -¡que se sepa que eres culta!. A continuación subes la foto a Facebook con algún mensaje de mierda como: Rainy sunday, tea & books. (Domingo lluvioso, te y libros -para los no angloparlantes) Luego sigues intentando leer el libro, pero te truñe tanto que acabas dejándolo donde lo encontraste; lo mismo sucede con el te verde, cada sorbo que das te parece más asqueroso y menos sofisticado. Al final terminas viendo una película de Susan Sarandon en Telecinco mientras te bebes un Cola-Cao  en vaso de cristal Duralex. La película te entretiene mil veces más que el libro, el Cola-Cao está mucho más bueno que el té y estás en la gloria. Entonces...¿por qué no sacas otra foto y la cuelgas en Facebook?

Luego están esas parejas que exhiben su amor de forma casi obscena. Las cartas de amor siempre han sido, son y seguirán siendo empalagosas, pero como su nombre indica son cartas -no cartas abiertas, ni bandos municipales-, correspondencia privada entre dos personas (a veces tres si algún padre o hermano las encuentra y se parte el ojete furtivamente). ¿Habéis visto alguna vez una carta de amor publicada en La Nueva España, justo al ladito de las esquelas o las cartas al director?¿Y un anuncio por palabras que diga "Mari TKM más que a nada". En cambio, a nadie parece darle apuro poner esas cosas tan íntimas en un sitio donde puede verlo muchísima más gente. A mi, sinceramente, me hace bastante gracia o me resulta indiferente -dependiendo del día-, excepto cuando padezco de mal de amores, que me sienta como una patada en el coxis.

No puedo concluir sin mencionar al otro extremo, los que en lugar de deslumbrarnos con su felicidad utilizan la red social como si fuera un psicólogo: para contar sus problemas. No pequeños incidentes del día a día como que te cague una paloma en la cabeza o que te encuentres por la calle a Llamazares. Problemas, problemas. Tú lo ves y entras en EL GRAN DILEMA, ¿le doy a me gusta o no? ¿Si le doy a me gusta lo interpretará como que me mola que esté jodido o como una muestra de apoyo? ¿Pondré un meme de un gatito para que se anime?

Finalmente están lo que yo llamo las telenovelas de Facebook, parejas cuya relación puedes  seguir de principio a fin con solo ver sus tablones de Facebook. 1ºCambio de Estado Sentimental 2ºfotos y mensajes empalagosos de los que mencionaba antes 3ºCanción triste + frase lapidaria (PRIMERA DISCUSIÓN) 4ºFoto + texto de 20 líneas acerca de lo mucho que se quieren (RECONCILIACIÓN) 5º Fotos juntos cada fin de semana (LA MAR ESTÁ EN CALMA) 6º Otra frase lapidaria con la palabra decepción y haciendo referencia a terceras personas, pero esta vez sin canción (HUELE A CUERNO QUEMADO) 7 ºCambio de estado a soltero/a.(THE END)


domingo, 25 de enero de 2015

Domingo por la tarde

Los domingos por la tarde deberían abolirse por decreto ley. Acabas de comer y no sabes qué hacer con tu existencia ¿dormir la siesta? ¿poner la tele y tragarte un par de telefilms? ¿oir un poco de música?¿leer? Todos las actividades que durante la semana se perfilaban atractivas, llegada la tarde del domingo se vuelven tediosas.

Miro por la ventana y observo que, para variar, el cielo no está del todo encapotado. Se me pasa por la cabeza llamar a alguna amiga e ir a tomar un café, Pero, joder, es domingo por la tarde y el mero hecho de pensar en quitarme el pijama me produce urticaria. Además no hay nadie por la calle, todos, al igual que esta menda,  están en sus respectivas casas muertos del asco, pensando en que mañana tienen que volver a la rutina, haciendo buenos propósitos para la semana que entra y engañándose a si mismos creyendo que los van a cumplir.


El problema es que  todo cierra, no hay nada que hacer ni a dónde ir para alienarse. Todo parece invitar a la introspección pero, por muy bien que quede la palabreja en críticas musicales y cinematográficas, es una actividad bastante desagradable para el común de los mortales. Casi sin darte cuenta, la apatía, la insatisfacción y la melancolía terminan por apoderarse de ti. No entiendes muy bien cómo ha sucedido si hace menos de un día estabas por ahí pasándolo en grande con tus amigos o tan a gusto con tu mantita viendo tranquilamente una película. Es la magia negra de los domingos.


A veces pienso en el futuro y me imagino de mayor, rodeada de mis nietos, sentada en un sillón de orejas hablándoles de la vida, de lo divino y de lo humano con la autoridad conferida por la experiencia. Ellos me preguntarán sobre la felicidad y yo les soltaré alguna frasecilla trillada a más no poder sobre que se trata de un estado transitorio, bla bla bla. Y cuando Clara III Jr,  la más espabilada de todos, me pregunte cómo se reconoce a un hombre feliz, me colocaré las gafas  y le responderé que la verdadera felicidad es aquella que los domingos por la tarde no desaparece.