jueves, 6 de noviembre de 2014

¡Rueda, Fortuna!

Nunca he sido muy fan de Mr. Wonderful. Es más, cada vez que veo alguno de sus mensajillos optimista-flowerpower de diván barato, me apetece disparar un perdigonazo a ese unicornio, cortarle la cabeza, disecarla y colgarla en mi salón. Lo mismo me sucede con las frasecitas de Paulo Coelho que contaminan las redes sociales. No es que yo sea una aguafiestas, que lo soy, es que me resulta tan increíble como enervante que hasta el optimismo esté en venta.

Gastamos doce euros en una taza de desayuno que diga algo así como “tu día es único, disfrútalo” para luego beber en ella el café de la mañana, mientras publicamos en Facebook mensajes autocompasivos y quejas sobre todo lo habido y por haber. La portada de tu agenda reza “Keep calm and carry on”, pero lejos de hacerle caso vives a contrarreloj y te pegas de cabezazos contra la pared por cada contratiempo que se interpone en tu día a día. Todas esas conclusiones vitales que originalmente tuvieron sentido se han convertido, de tanto repetirlas, en despojos manidos que no sirven ni como eslogan de un anuncio de Fairy. Y así, acabamos convirtiéndonos en entes ególatras y tontos, que a pesar de ser conscientes de que “el dinero no da la felicidad y la salud es lo más importante”, siguen supeditando su vida al dinero y su estado de ánimo a nimiedades.

Tarde o temprano casi todos recibimos una o varias lecciones desagradables sobre el verdadero valor de las cosas. En mi inexperiencia personal, uno de los aspectos más perturbadores de andar todos los días entre enfermos es el hecho de ver de cerca el que podría ser tu futuro. No me refiero sólo a la gran tragedia del cáncer, que todos conocemos y tememos; también a muchas otras enfermedades que son tan letales, o que sin matar, implican una calidad de vida que hace desear la muerte a quien la sufre. Es la misma sensación que tienes cuando vas por la calle y te cruzas a un paralítico cerebral de tu edad y no puedes evitar pensar “podría haber sido yo”; y por un momento te sientes la persona más afortunada del mundo por ser capaz de caminar y mantener la saliva dentro de tu boca.

Para llegar a mi clase hay que atravesar varios pasillos del hospital y todos los días me encuentro gente enferma: pacientes en tratamiento de quimioterapia, lesionados medulares en silla de ruedas, personas que, sin saber exactamente lo que tienen, salta a la vista que están muy fastidiadas, etc. Cada mañana recibo un recordatorio de que la salud no es eterna, ni está garantizada. De que mi día a día está lleno de lujos: poder comer lo que quiera, ir al baño sin ayuda, escuchar a quien me habla, caminar sin cansarme, tener un sistema inmune intacto que me defienda de la mayoría de infecciones, ser capaz de pensar o poder hacer planes de futuro, entre otros. Sé que con muchas probabilidades, más tarde o más temprano, seré incapaz de hacer algunas de estas cosas que ahora me parecen tan normales. Por unos instantes, ese hipotético futuro se vuelve tangible, se materializa en un bofetón; desagradable pero efectivo.

Me paso el resto del día pensando en lo afortunada que soy. A la mañana siguiente, por si se me ha olvidado -que no es el caso-, me cruzo con unos celadores que arrastran una cama con alguien dentro. No alcanzo a ver cómo ni quién es. Puede que sea yo o algún ser querido en unos años.


Me dirijo a clase, y doy gracias por poder decir otro día más “joder, que suerte tengo”.