domingo, 14 de septiembre de 2014

EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON NO ES TAN CURIOSO

El viernes me dormí, motivo por el que no tuve tiempo de prepararme el bocadillo que sería mi almuerzo. Una vez en la calle, decidí parar en una panadería para comprar algo que comer al mediodía. La chica de detrás del mostrador, apenas un par de años mayor que yo, se dirigió a mi como si estuviera hablando con una discapacitada mental. Cualquiera de vosotros, mis queridos lectores, os hubierais sentido incómodos u ofendidos al creer que esa chica os estaba vacilando. Por el contrario, esta servidora, acostumbrada, no le dio más importancia, pues sabía que no lo estaba haciendo de mala fe. Finalmente, la panadera formuló la pregunta que yo ya me esperaba: ¿Ya empezaste el cole? No tenía tiempo para sacarla de su error, así que asentí con cara de pena, cogí mis empanadillas junto con la vuelta, y me fui.

A mi, como al pobre Benjamin Button al final de su vida, toda la gente que no me conoce y se topa conmigo en contextos que pueden dar lugar a confusión, me echan menos edad de la que tengo. Cuando tienes cuarenta años y te echan treinta y tres, te dan una alegría, pero te siguen tratando de la misma forma, tengas siete años más o siete años menos. Por el contrario, la cosa cambia cuando, como yo, estás en la franja de los veinte y te quitan tantos.

Mi constitución delgada y de baja estatura, que cualquier abuela asturiana de pueblo definiría como "ruinuca", me ayuda a mantenerme en los catorce o quince años. A esto hay que sumarle que el día que se repartieron los pies resistentes a los tacones, yo estaba en la cola de pulgares que se desencajan  a voluntad -mucho más resultón en reuniones informales, pero menos útil en  el día a día- por lo que mi indumentaria tampoco me pone demasiados años encima. Finalmente, no me ha quedado más remedio que aceptar mi condición de eterna preadolescente y aprender a sacarle partido. Mientras las femme fatale tienen que recurrir a sus armas de mujer para recibir un trato especial, a mi me basta con desmaquillarme, ponerme un jersey de Snoopie, y hacerme una coleta para que la gente me trate bien, sin miradas rijosas, ni segundas intenciones. Así, disfruto del trato amable que se les da a los menores -en la tienda, en la parada del autobús, en los aeropuertos, etc.- y cuando necesito que me tomen más en serio, me basta con sacar el DNI que acredita  mis casi 21 primaveras.

Cuando paseo por la calle y me paran los de WWF pidiéndome que me haga socia para salvar al tití  leonado, en lugar de poner las típicas excusas de no, es que ya pertenezco a Green Peace, lo siento, no tengo tiempo, etc. y sufrir sus caras de desaprobación, les digo con mi mejor sonrisa que soy menor de edad, y me dejan en paz automáticamente. A veces, si el activista es guapo y yo estoy de buen humor, añado un pero cuando cumpla los 18 pienso hacerme socia. Él recupera su fe en las nuevas generaciones y yo no me inscribo. Todos salimos ganando, excepto el tití leonado.

Mi aspecto da lugar a situaciones de lo más variopintas: me han parado en una frontera, jovenzuelos imberbes han intentado ligar conmigo, los niños se niegan a aceptarme como figura de autoridad y algunos pacientes me miran con pavor y sorna a partes iguales cuando estoy de prácticas en el hospital. Aunque sin duda alguna, mi favorita tuvo lugar el año pasado.

Era por la mañana y yo estaba sola en casa estudiando para un examen. Llevaba puesto un pijama de franela de Primark con estampado de osos panda, una coleta y las gafas. El colmo de la madurez y la sensualidad. Ahí me encontraba, intentando memorizar los tipos de diarrea cuando sonó el timbre. Era una chica del círculo de lectores, y como ya me había oído acercarme a la puerta, pegar el ojo a la mirilla y preguntarle ¿quién es?, no me quedó más remedio que abrirle.
-Hola, ¿están tus papis? -me preguntó-
-No
-¿Y estás con alguien mayor?
-No -sé que pude haber acabado con todo diciendo que yo era mayor de edad, pero igual intentaba vendérmelo a mí, y, además, me estaba haciendo tanta gracia la voz de deficiente que ponía para hablar conmigo que pensé Show Must Go On.

Era muy  insistente, tanto que estuvo hablándome diez minutos sobre la gran cantidad de colecciones de literatura infantil que el Círculo de Lectores podía ofrecerme a muy buen precio. Que se lo dijera a mis papis. La tentadora oferta, además incluía una enciclopedia escolar perfecta, en palabras textuales, para hacer los trabajos del cole. Yo alucinaba como nunca antes lo había hecho, porque me daba la sensación de que esa mujer no se imaginaba, ni de lejos, mi edad.
-No sé si esa enciclopedia me servirá -le dije con toda la mala intención del mundo-
-¡Cómo no te va a servir! A ver vida, ¿en qué curso estás?
-Tercero de carrera -respondí, y antes de que abriera la boca añadí- tengo veinte años.
Imaginaos que vais a visitar a un amigo, llamáis a su puerta y quien os abre es Julio Iglesias en traje de buzo y con un gorro de bufón medieval en la cabeza. ¿Qué cara se os quedaría? ¡La misma que se le quedó a la pobre vendedora! No se lo creía. Estaba tan descolocada que hasta me dio pena.
-¡Ay! Y yo que te echaba nueve años.
¿¡Nueve!? ¡Acababa de batir mi propio record!  Era comprensible que estuviera desconcertada. Yo en su lugar también habría flipado. Finalmente, opté por acabar con ese momento tan violento para ella con la frase que utilizo siempre en este tipo de situaciones y que, por si acaso, ya se decir en más de quince idiomas:
-Me conservo bien.