jueves, 31 de julio de 2014

Teo viaja en clase turista


Aquel día de mediados de junio el sol caía a plomo sobre las calles de la ciudad. El aire acondicionado del aeropuerto no era rival para el perfume de sobaquina que los pasajeros habían decidido ponerse esa mañana. Ahí me encontraba yo, muerta de calor, medio asfixiada y tirando de mis bártulos. La cola era larga de narices, porque el mismo avión llevaba a clientes de dos compañías distintas, lo que convirtió el embarque en un baile de cojos.

Atrapada en ese festival de camisetas de tirantes, bebes llorando, viejas intentando colarse y maletas de mano, me iba enfadando con todo el mundo -yo misma incluída- por segundos. Y es que si todos tenemos alguna manía inconfesable, la mía es que me tomo las aglomeraciones de gente como una ofensa personal. En mi vida he cogido seis aviones, cuatro trenes de larga distancia y, como nunca he tenido coche, varias decenas de ALSAs; y siempre  en clase turista. Por lo que no me ha quedado más remedio que acostumbrarme a ser otra sardina más en la lata de la clase media que sobrelleva sin mayor problema los medios de transporte abarrotados.

Teo en el avión chupándole el hombro a su oso de peluche
Aquel día, sin embargo, me encontraba como si me hubiera levantado de una de esas siestas que te sientan tan mal que te joden la tarde. Sentía correr la ira homicida por mi cuerpo. Por fin los azafatos se colocaron en el mostrador y aquella gigantesca cola comenzó a moverse torpemente. Primero pasaron los minusválidos en silla de ruedas y las madres con niños y carricoches, después, los pasajeros de tal fila a tal otra, y por último llegó mi turno. Una vez dentro del avión, la situación no hizo sino mejorar... ¡Me había tocado el asiento del medio! Así que embutida entre los codos de un señor de mediana edad bastante amable, todo sea dicho, y una chica, pasé las siguientes dos horas. Después del aterrizaje, la gente, como de costumbre, se puso de pie cuando todavía ni han abierto las puertas, se empujaron unos a otros con educación, y, con la velocidad y destreza propias de una tortuga ninja borracha, cogieron sus pertenencias y abandonaron el avión. 

Lo que me esperaba tras el vuelo eran ocho horas de ALSA. Al subir al autobús un cartel rezaba así: "Este trayecto sin paradas patrocina su futuro trombo". Di gracias a Dios por ser de corta estatura y me armé de paciencia.Me quedé sopas y soñé. Soñé con un mundo distinto en el que yo era una política. ¿Concejal de festejos? ¿Lehendakari? ¿Presidenta del gobierno? No lo recuerdo. Sea como fuese, viajaba a todos los actos oficiales en un enorme y lujoso jet privado. Acostada en la cama king-size, bebiendo champán y viendo Cuerpos embarazosos en una tele de plasma mientras mis estilistas me hacían la manicura. 

Mi siesta llegó a su a la altura de Burgos. El efecto diurético del champán onírico se empezaba a notar, así que dejando en el asiento cualquier tipo de escrúpulo, me encaminé a ese lugar que se hacía llamar "baño". Por si no lo sabéis, en los ALSA sólo se puede hacer pis. Pues bien, alguien se había quedado muy a gusto infringiendo esa norma. Y dado que el ALSA no está preparado para recibir excrementos sólidos, lo que en ese cubículo se cocía...¡olía a Mordor! Nada más alejado de la grifería de oro al más puro estilo dictador africano que adornaba mi avión...

Mi pasatiempo durante el resto del viaje consistió en deleitarme con las caras de sufrimiento y horror del resto de pasajeros al salir del baño... "Eso los de primera clase no lo pueden disfrutar" pensé para mis adentros.  Y es que...¡el que no se consuela es porque no quiere!