sábado, 21 de junio de 2014

Adiós al Alkor

Los jóvenes estamos acostumbrados a que nos estafen allá donde vamos.  Somos una presa fácil dispuesta a pagar cincuenta euros por unos playeros de lona (conocidos en otros círculos como Converse All Star), a cambiar de móvil más a menudo que de ropa interior, a tener encargada la PlayStation4 cuando todavía nos funciona la 3 o, incluso, la 2. Mientras algo sea bonito, o en su defecto esté a  la moda, no importa que sea caro o de mala calidad. Cuando salimos de fiesta las cosas no son muy distintas: pagamos alegremente tres euros por un cachi (un mini para los de debajo de la Cordillera Cantábrica) de mocho tras ver en nuestras narices como nos lo preparan con cola del LIDL y un caldo que pone al Don Simón a la altura de un Gran Reserva; apoquinamos cinco pavos por una copa mal echada del peor garrafón del mundo y, no contentos con eso, nos tomamos un chupito de Tikela (ojo, que no es ni siquiera Tequila, sino un sucedáneo que mete miedo) al precio de un José Cuervo. A continuación, cuando visitamos los baños del local para evacuar las bebidas  por las que nos han clavado, nos encontramos un pantano de ese característico “barrillo negro” en el suelo y un hervidero de infecciones donde tendría que estar la taza. Lo más sorprendente es que este tipo de antros son los que siempre se llenan, pero finalmente lo mismo que los encumbra termina por tragárselos: las modas. Los adolescentes y jóvenes, cual masa uniforme y errática, dejan de ir a uno para empezar a frecuentar otro de distinta apariencia pero idénticas características. Sin nada nuevo que ofrecer.


La providencia y las palabras de mis hermanos mayores me condujeron a un bar fascinante, absolutamente distinto de todo lo anterior: el Alkor. Con casi medio siglo de historia a sus espaldas, se lo podría considerar como una institución ovetense conocida por todos.  A primera vista puede parecer el típico chigre, pero si lo examinas en profundidad te das cuenta que es un lugar muy especial. La primera sorpresa con la que te encuentras es que cumple la ley rigurosamente no dejando entrar ni vendiendo alcohol a menores de 16 años, algo tan infrecuente en estos tiempos que corren  como loable; pues muchos hosteleros sirven bebidas alcohólicas a menores que no levantan un palmo de la barra, sin ningún tipo de escrúpulo. Otro aliciente, sobretodo para estudiantes sin muchos ingresos como yo, eran los precios. No os voy a recitar la carta, simplemente os diré que cuando Zapatero hablaba del café de 90 céntimos (y grande) se refería veladamente al Alkor, a partir de ahí, extrapoladlo al resto de consumiciones alcohólicas y no alcohólicas; todo lo contrario a la situación que os describía antes. Honradez pura y dura.  


Un arsenal de juegos de mesa, libros, revistas, ping-pong, billar, futbolín y una limpieza de la que pocos bares donde paren jóvenes pueden presumir junto con el gran trato al cliente, hizo que durante casi cinco años se convirtiera en mi lugar favorito para ir a tomar algo o para esconderme  de la desolación que azota Oviedo cada verano. Siempre creí que sería yo la que dejara de frecuentarlo cuando me fuera de la ciudad o cuando llegada cierta edad ya no pudiera tomarme un calimocho sin hacer el ridículo, y aun así, albergaba la seguridad de que mis hipotéticos hijos seguirían yendo por ahí. Hace un mes que el Alkor anunció que hoy, día 21 de Junio, cerraría sus puertas. Es un acontecimiento triste para nuestra ciudad, y –en palabras de muchos clientes cuando recibieron la noticia- “el fin de una era”.