sábado, 5 de abril de 2014

Carta corta a Kurt

Hoy, 5 de abril, se han cumplido 20 años de tu suicidio. De ese día en que, según cuentan, agarraste tu rifle de perdigones, lo apretaste contra tu cabeza y … ¡boom! Te convertiste en Chocapic y, de paso, en otra leyenda del rock.
Por aquel entonces, yo todavía no tenía control sobre mis esfínteres, ni tampoco conciencia de nada de lo que sucedía. Pertenezco a una generación posterior y muy distinta a la tuya, la del DVD, el MP3, internet y las redes sociales...No sé rebobinar un casette con un lápiz, ni cómo huele la colonia Chispas. En definitiva, soy de esa generación que ya no regala discos.
Cuando nos conocimos yo no pasaba por mi mejor época; tenía el aspecto de un Picassso, pues cada parte de la cara me crecía a distinto ritmo, además me acababan de pegar un horrible aparato a los dientes, aunque, sin duda, lo peor de todo era el hecho de estar descubriendo que el mundo, lejos de ser como creía, era un asqueroso vertedero y yo, otra bolsa más de basura que apestaba a espíritu adolescente. Fue entonces cuando descubrí a Nirvana y te desenterré para mí.
Desde el principio me identifiqué con tu voz y tu guitarra sucia y distorsionada, que proclamaban la misma rabia, desencanto y frustración que yo sentía por aquellos años.
¡Por fin alguien que me comprendía! Lástima que llevaras más de una década muerto, pero eso no supuso obstáculo alguno para que te convirtieras en mi ídolo, mi héroe, mi gurú.
Un día, mientras preparaba la Prueba de Acceso a la Universidad mi vista se posó sobre el póster de tu cara que adornaba mi habitación. Me levante de la silla y con las mismas lo arranqué y, tras enrollarlo cuidadosamente, lo guardé bajo mi cama. Lo siento, un adicto a la heroína vencido por sus problema mentales no se merece ese lugar. No eres un ejemplo de conducta para nadie y lo sabes, de hecho siempre lo supiste, pero yo acababa de darme cuenta. Mi adolescencia estaba llegando a su fin.
De eso hace ya algunos años. No he colocado nada encima y aunque tu póster ya no está, todavía puedo distinguir la marca que dejó en mi pared y que parece volverse más nítida esos días aislados en los que las brasas, aún calientes, de la rabia adolescente chispean en un inútil intento por volver a encenderse.
    
Sigue descansando en paz, amigo:
  tu colega póstuma

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