domingo, 21 de mayo de 2017

MDLB III: PODEROSAS BALADAS

No tenía pensado escribir hoy aquí, pero cuando la mierda de la buena llama a tu puerta lo último que debes hacer es ignorarla.

Pese a mi elegancia innata y mi gusto exquisitamente educado a lo largo de más de dos décadas, siento confesaros un vicio inconfesable, o como se dice ahora un guilty pleasure de lo más hortera. Y es que a veces, cuando trasnocho, no me quedo leyendo hasta las tantas a Sartre con una copa de vino en la mano, ni escuchando la Patética de Tchaikovski en mi tocadiscos. Lo que hago (después de deciros esto, nadie nunca me va a querer vender unas gafas de pasta) es...¡ver videoclips en youtube de baladas rock de los 80!

He de advertiros que al principio es un poco complicado diferenciar a unos grupos de otros (Poison, Skid Row, White Lion, Danger Danger, etc.), porque todos suenan prácticamente igual y sus cantantes parecen salidos de una cadena de montaje: jovencitos con cara de niña y una larga melena rubia (ahora ya, ni jovencitos, ni melenudos) cubiertos de lentejuelas, sudando cocaína.
Uhhmm... aquí sobra alguien...¿pero quién?

Lo cierto es que de esta foto la que mejor envejeció fue Bibiana Fernández, el resto siguieron los pasos de Axl Rose: engordaron y se compraron sombreros de cowboy para sus greñosas calvas a lo Santiago Segura (¡Con lo fácil y barato que es ir a la peluquería! y así de paso dejas de parecer un proxeneta).

Incluso la infanta Elena en sus años mozos se sumó a esta corriente y fundó una banda de glam rock que más de uno conocerá, Bad English. El nombre viene de que, como todos sabemos, en la Casa Real no se hablaba español, sino que los miembros de la antigua familia real se comunicaban entre ellos en inglés, porque eran gente muy preparada. ¿No me creéis? Yo puedo mentiros, pero las imágenes no*.

*Es una dramatización, el verdadero cantante de Bad English era John, Waite. La infanta Elena no tuvo ningún grupo de glam rock, que sepamos. Así que no me multen, ni me abran antecedentes, por favor, que quiero ser funcionaria.
La mayor aportación de esta gente son las letras de sus canciones de amor, que ensombrecen a Petrarca o, mejor aún, al mismísimo Julio Iglesias. Claro que los millennials como estamos de vuelta de todo y somos jóvenes atormentados que, entre los vapores del Jägermaister, despreciamos el amor romántico nos meamos en ellas. Pues siento deciros que estos chicuelos le dan sopas con honda a más de uno,  porque los jodidos después de recitar versos tan naif y empalagosos como:

When I see you smile, I can face the world  (cuando te veo sonreir, puedo enfrentarme al mundo)

Forever, this time i know (Para siempre, esta vez lo sé)

and theres no doubt in my mind (y no tengo dudas)
forever, until my life is through (para siempre, hasta que mi vida se acabe)
girl, ill be loving you forever (chica, te amaré siempre)


Remember yesterday - walking hand in hand (recuerda el ayer, caminando de la mano)

Love letters in the sand - I remember you (cartas de amor en la arena, te recuerdo)
Through the sleepless nights and every endless day (a través de las noches sin dormir, y cada día interminable)
I'd wanna hear you say - I remember you (quiero oirte decir, te recuerdo)


cogían, se bajaban del escenario y, como insinúan muchos de sus videoclips, se follaban a todo bicho viviente.

Estas canciones llevan treinta años cumpliendo una función valiosísima: exorcizar a la gente de mal de amores. Es como una sangría -o flebotomía, que queda más fisno- pero por los ojos. Tú estás con mal de amores, escuchas esto y te conviertes en un despojo de lágrimas, babas y mocos. Lo echas todo y hala, como diría el difunto Pepe Sancho: ¡A MAMARLA! , te renuevas. ¿Sabéis la cantidad de antidepresivos que nos ahorramos gracias a esto? Yo el día de mañana pienso recetarlo.
Y si la canción no es suficiente para consolarte, al menos piensa que podrías estar peor:¡¡podrías estar escribiendo tus miserias en los comentarios del vídeo!! Otro día profundizaremos sobre este tragicómico asunto.


Pero a parte de adolescentes y jóvenes con el corazón partío, si te fijas en el público de los multitudinarios conciertos, salta a la vista algo: no hay un solo negro. Elegid el vídeo de Poison actuando que queráis, y si encontráis un negro en el público os invito a un café**. Es todo white trash del medio oeste americano, lo que lo hace todavía más encantador si cabe.
(**Promoción válida hasta fin de existencias)

Hasta aquí mi digresión dominical sobre las power ballads.

P.D. Es probable que por exigencias del guión desaparezca unos meses, nos veremos de nuevo como muy tarde en Febrero (puede que antes, puede que después). Hasta entonces, paz, amor, sexo, drogas y rock´n roll.


domingo, 2 de abril de 2017

Mierda de la buena (I): CRIANDO RATAS

Me ha sucedido en varias ocasiones que una película recomendada tanto por los críticos como por muchos amigos y conocidos me parece una soberana bazofia. Son lo que yo llamo películas "de culo", todos las venden como si fueran de culto pero cuando te quieres dar cuenta les falta la "t".  No voy a dar nombres, bueno sí, qué cojones: Her, Las vidas posibles de Mr. Nobody y The Royal Tenembaun son algunas de ellas. Siempre me pasa lo mismo, acabo de verlas -no sé cómo, porque son aburridísimas- y luego, enfadada busco en Google alguna crítica profesional para saber qué coño las hace tan especiales. Pero resulta que todas todas las reseñas de los supuestos gurús no son más que un batiburrillo de pedantería onanística.

Afortunadamente hay un género que nunca me defrauda. Un género cinematográfico que debería enseñarse en los colegios como otra manifestación artística propia de nuestro país -igual que los estilos plateresco o churrigueresco en la arquitectura o el teatro de Lorca en la literatura-. Me estoy refiriendo, sin duda, al cine kinki (o quinqui). Una parte de mis lectores -especialmente mis coetáneos y otros millennials más jóvenes- os sentiréis perdidos ante este término. No os aflijáis, aquí está la tita Clara para enseñaros cositas que no salen en Netflix. El cine kinki surgió a finales de los setenta con la llegada de la Transición y tuvo su época de máximo esplendor a lo largo de la década de los ochenta. Como seguramente habréis intuido por su nombre, la temática sobre la que gira no es otra que la decadente cotidianidad y las actividades delictivas de los macarras de la época, heroinómanos la inmensa mayoría. Como héroes de una novela de caballería, los protagonistas de estas pelis, espada navaja en mano, viven intrépidas aventuras a lomos de su corcel. Vamos, que son un fuente inagotable de entretenimiento.

Los decorados castizos (esos papeles de pared, el tapete de ganchillo sobre la televisión, la mesa idéntica a la que tiene vuestra abuela en su casa) y las tomas aéreas de ciudades y barriadas antes del pelotazo urbanístico son un aliciente. Aunque sin duda lo que diferencia este producto patrio de otras películas extranjeras de temática similar (como Trainspotting, Requiem por un sueño, Los amantes de Pont Neuf) es que nuestros actores se meaban en el Método, no necesitaban interpretar ningún papel porque ellos mismos eran toxicómanos. Los españoles somos gente práctica y resolutiva: ¿actores sanos? No, gracias,  quién mejor que un drogadicto para hacer de drogadicto... El ejemplo más representativo es Jose Luis Manzano, musa del director Eloy de la Iglesia, y protagonista de varias películas, entre ellas las dos entregas de El Pico.
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José Luis Manzano

Debido a sus aficiones, buena parte de esta hornada de actores murió prematuramente a manos de las SS (sobredosis y sida)  Un superviviente fue Enrique San Francisco, que por aquellos años salía con Rosario Flores (compañera de reparto junto a su difunto hermano Antonio y Jose Luis Manzano  en Colegas, también de Eloy de la Iglesia)
Hay cosas en la vida que no tienen precio, y esta foto es una de ellas.

El otro pilar de este género, lo constituye Antonio de la Loma, artífice de la mítica Perros callejeros o Yo, el Vaquilla entre otras. Las de El Lute -de Vicente Aranda- también son muy entretenidas y en el Paramount Channel las repiten seguidas cada dos o tres meses.

Una vez hechas las presentaciones, os hago entrega de mi regalo de hoy, que, gracias a mis fuentes, he encontrado en el lúgubre y frío universo de internet. Se llama Criando Ratas y, además de ser una joya, es una película de cine neokinki. Ya sólo el título invita a verla.

(Paramos un momentito para que os explique mi teoría místico-filosófica de que cualquier manifestación artística que incluya la palabra "rata" en su título es sinónimo de calidad. Como el movimiento se demuestra andando, os dejo algunos ejemplos: Las Ratas (de Miguel Delibes), Ratas Rabiosas (Eskorbuto), Rata de dos patas (Paquita la del Barrio) y la que ahora nos ocupa, Criando Ratas (Carlos Salado). La excepción inherente a toda regla que se precie la constituye Ratatouille. Aclarado esto, continuamos)

El largometraje, ambientado en la actualidad y rodado en Las Mil Viviendas con un presupuesto de 5000 euros, retrata la vida en una barriada alicantina de las que tanto les gusta a los de Callejeros. Menudeo, subdesarrollo, droga, collejas, tetes, tetas y diálogos a menudo ininteligibles interpretados por actores no profesionales (los propios chungos del barrio se interpretan a sí mismos) son los ingredientes que Carlos Salado utiliza para revivir el espíritu del difunto Urko. Pero lo hace, como dijo Torrente: "sin mariconadas ¡eh!", sin echar mano de ese recurso tan fácil que es ponerse nostálgico (que se lo digan a Danny Boyle). Los tiempos han cambiado y este chaval lo refleja a la pefección: la heroína ha sido destronada por el speed, las pirulas, y la cocaína; el mercado de la prostitución se ha hecho más global y los padres ya no llevan bigote ni tienen ninguna autoridad sobre sus churumbeles. De hecho, la única reminiscencia que se permite es la banda sonora de tintes flamencos que él mismo ha compuesto. Como dato curioso, el rodaje se alargó varios años debido a que, entre medias, Ramón Guerrero, el actor que da vida al protagonista, tuvo que cumplir un año de cárcel por trapicheo.

Cada uno de los personajes de esta película vale un potosí. El Cristo, protagonista y eje conductor, es un mindundi que se busca la vida al margen de la ley para pagar una deuda a unos gitanos y de paso costearse la droga. Al hombre no le sale nada bien, además de ser un patán tiene tan mala suerte que pone un circo y le crecen los enanos. Te hace llevarte las manos a la frente y gritar a la pantalla "¿pero qué haces tonto del culo?" Al final se le coge cariño.  El Mauri, intferpretado por Mauricio Manzano, es una de esas figuras tragicómicas con las que todos nos hemos topado alguna vez: el mítico toxicómano veterano con la cabeza aventada que siempre va haciendo el notas por la calle, y que aunque parece inofensivo (y hasta gracioso)  cualquier día se le cruzan los cables (más) y la lía parda. Se pasa toda la película intentando reunir dinero para pagarse los servicios de una prostituta de la que está enamorado (¿acaso hay meta más noble que esa en esta vida?). También hay tres chungos como de 16 años que van todos montados en la misma moto (robada, cómo no) vendiendo por ahí Termalgín triturado como si fuera cocaína. Por supuesto, no podían faltar enormes mafiosos de Europa del Este con tatuajes, cadenas y dientes de oro. 



Si os gusta el cine quinqui, os la recomiendo; y si no os gusta, no sé por qué habéis llegado hasta aquí pero en cualquier caso también os la recomiendo. Es pura mierda de la buena.






viernes, 2 de diciembre de 2016

MIERDA DE LA BUENA



No sé si a vosotros también os pasa, pero cuando escucho la expresión "mierda de la buena" automáticamente mi cerebro piensa en un camello afroamericano (gracias Hollywood por tus prejuicios raciales) con gorro de lana y camiseta de tirantes promocionando la mercancía "eh tronco, tengo mierda de la buena, vas a flipar con ella". Es un reclamo publicitario de puta madre. Imaginaos que es sábado, os acabáis de liquidar una fabada con sus dos copas de vino correspondientes y su arroz con leche (o lo que sea que comáis los de debajo de la Cordillera Cantábrica) y cual serpiente pitón os retiráis a vuestra madriguera a echar la siesta. Entonces, en ese momento mágico en el que estás apunto de quedarte sopas, suena el teléfono. ¿Quién será? Desde luego tiene que suceder algo grave para que llamen un sábado a las 15.45 de la tarde; un incendio o una defunción como mínimo. Haciendo un esfuerzo hercúleo sales de la cama y descuelgas el auricular antes del último timbrazo.
-Buenas tardes doña Clara, mi nombre es Ignacio Manuel y le llamo de Vodafone ¿está usted contenta con su compañía telefónica? 
Y sientes cómo la ira homicida ocupa cada resquicio de tu cuerpo. Te apetece mandar a Ignacio Manuel a la mierda (en este caso, a la mierda de la mala) pero como tienes un mínimo de conciencia de clase y sabes que no es su culpa decides ser cortés. Llegados a este punto os voy a revelar un truqui del almendruqui (que es mierda de la buena y, dicho sea de paso, le debo a mi hermana mayor) para no tener que escuchar la chapa y a la vez ahorrarte situaciones incómodas. Es tan simple como esto:
- Buenas tardes Ignacio, verá yo soy la asistenta. La señora no está.
Te suelen preguntar a que hora va a volver la señora (en mi caso siempre más tarde de las 22.30) y te dejan en paz. Casi siempre.

En cierta ocasión, un frío lunes de marzo, en la que me hallaba yo en el sueño más dulce e ilícito de los sueños  (estaba pirando clase, a ver que os pensabais, gochones) me despertó cierta operadora de una conocidísima compañía de seguros e intentó venderme un seguro de vida a pesar de haberle dicho que era la asistenta. La cosa ocurrió tal que así:
-Verá, soy la asistenta, la señora no está.
-Ah, bueno...¿y tú con qué compañía tienes tu seguro de vida?
-No tengo, aún soy muy joven.
-¿Pero cuántos años tienes? 
-Veintitrés.
-¿Veintitrés? (no sé por qué se le hacía tan raro, ni que le hubiera dicho que tenía siete años)
-Sí
Ojito porque no quedó ahí
-Ah, ¿y sabes si tu madre tiene contratado un seguro de vida?
-Pues no, no lo se.
Ahora viene lo mejor.
-¿Y me puedes dar el móvil de tu madre?
Qué giro tan dramático, descubrir que el teléfono de la madre de la asistenta era el de la señora de la casa por la que había preguntado inicialmente. Ni Amenábar.
Pero no se lo di, le dije: "mira, no". Y colgué. Esa mujer se merece un aumento de sueldo por su vehemencia...o una denuncia por acoso. No estoy segura.

Se me va el santo al cielo ¿por dónde íbamos? Ah, sí: MIERDA DE LA BUENA. Pues eso, que es un reclamo publicitario cojonudo. Si la teleoperadora en lugar de preguntar si estoy contenta con mi compañía telefónica/de seguros me dijera "mira tronca, tengo una promoción de fibra óptica + 2 gigas de internet en el móvil que es  mierda de la buena" todo sería diferente. Incluso hasta puede que la escuchara.

¿Y por qué os hablo de mierda de la buena? os estaréis preguntando los que no hayáis dejado de leer. Pues porque quiero compartirla con vosotros. En este caso no me refiero a las drogas (que son demasiado caras para compartirlas) sino a la verdadera mierda de la buena. La que le sirve de alimento a mi refinado espíritu y que incluye las más variopintas expresiones artísticas, desde el vídeo del chino que se rompe los incisivos por comer una mazorca de maíz pinchada en un taladro en marcha, hasta la última película o libro que se me haya ocurrido ver y que  merezca esa honorable consideración.
Por lo tanto, queda inaugurada esta sección cuyo nombre ya habréis intuido:
MIERDA DE LA BUENA



sábado, 2 de abril de 2016

MODAS CHUNGAS I

En Japón tienen un problema muy serio: les faltan actores porno. Su industria del cine X está en peligro de extinción debido a una gran desproporción entre la cantidad de hombres y mujeres intérpretes (siendo ellas mucho más numerosas). Hay quien achaca esta situación al gran aumento de los soshokukei danshi o chicos herbívoros, jóvenes que se declaran asexuales y que en consecuencia no están interesados en consumir -y mucho menos protagonizar- material pornográfico. Actualmente se debate si esta condición se trata de una orientación sexual más, de una disfunción orgánica o de una moda pasajera. No tengo ni idea. Lo cierto es que está presente en todo el mundo, pero en Japón con muchísima más fuerza. Los nipones siempre me han parecido gente peculiar que populariza artilugios y prácticas insólitas, como los besos con lengua en el ojo que tan de moda se pusieron hace unos años (hablo de los ojos de la cara, lo otro ya está inventado desde hace mucho) y que llevaron a más de uno a perderlo por infecciones. Si lo pensáis todos los meses sale en el telediario alguna nueva y demencial moda made in Japan, y aunque la mayoría nacen, crecen, se reproducen y mueren sin salir de la isla, unas pocas como el cosplay, el anime y el sushi logran cosechar verdadero éxito en occidente.

Nosotros los españoles -eternamente acomplejados- nos dejamos influenciar por los anglosajones y la Europa civilizada  (al norte de los Pirineos y al oeste de los Cárpatos), que aunque no tiene en la vía pública máquinas expendedoras de ropa interior femenina usada (se venden por Internet), también se las trae. Y es que bien pensado, manda cojones que adoptemos como faro de tendencias a un país donde se enmoqueta hasta el cuarto de baño. ¡Es más antihigiénico que los filetes en la córnea! Si en Londres les da por tatuarse margaritas en el escroto os aseguro que en cuestión de medio año (incluso puede que menos gracias a las redes sociales) Oviedo, Valladolid, Cáceres o Huelva se llenan de escrotos adornados con motivos florales. De las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, mejor ni hablar. Y es que amigos esto es lo que sucede cuando juntas en un bote la estulticia humana con la globalización y lo agitas muy fuerte.

Pero no vamos a echarle toda la culpa a Internet, ya a principios de los 2000 cuando no había wi-fi en todas las casas y Facebook estaba gestándose, podías encontrar modas de lo más estúpidas. Quienes tengáis hermanas mayores, o hayáis nacido en la segunda década de los ochenta o simplemente hayáis salido a la calle entre el 2001 y el 2004 os acordaréis de la apocalíptica tendencia de ponerse un pantalón de campana (para más inri) debajo de una falda o un vestido. El sinsentido materializado en un outfit. Aprovecho para saludar a mi hermana mayor. En serio ¿alguien me lo puede explicar? ¿De qué cabeza desviada y enferma salió semejante aberración estética? ¿Por qué tuvo éxito? Si sois nostálgicos podéis revivirlo viendo reposiciones de Un Paso Adelante, donde las chicas también se adornan con calentadores porque como todo el mundo sabe, acatarrarse los tobillos te puede costar la vida.

La única con un poco de estilo y saber estar en esa serie era Doña Carmen Arranz (Lola Herrera)
En cuestión de unos años las chicas nos dimos cuenta de nuestro error, y con la intención de enmendarlo dejamos en casa los pantalones, y la falda, y algunas hasta las medias. Y ese fue el origen de las camisetas-vestido (camisetas de licra normales y corrientes pero más caras) o de cómo acariciamos el nudismo sin casi darnos cuenta.

La sección dosmilera de ropa de caballero tampoco se queda atrás. A mí no se me olvidan aquellos pantalones cagados y las innecesarias exhibiciones de culo o, lo que es peor, de boxers desteñidos por el uso o puede que por la corrosión de ese tipo de pedos que, como susurros asesinos, sueltan las tripas cuando están enfermas.

Y al igual que nosotras, ellos tampoco tienen término medio. Basta con dar una vuelta para toparse con decenas de chavales modernos embutidos en vaqueros pitillo tobilleros al más puro estilo toxicómano de principios de los noventa. De esos pantalones a empezar a pincharse sólo hay un paso.  No es sólo por estética, estamos ante una cuestión de salud pública; os digo yo que más de uno se está quedando estéril sin darse cuenta y otros lo llevan tan metido por el culillo que les sabe la boca a pantalón vaquero. Vamos, el equivalente masculino del camel toe de toda la vida.
Para los que no sepáis mucho inglés, camel toe significa pezuña de camello. Ahora todo cobra sentido ¿eh?

Pero no todo va a ser mirar la paja en el ojo ajeno, he de reconocer que esta menda que os escribe tampoco es inmune a las modas chorras y gusto de llevar la camisa abrochada hasta arriba cual Bimba Bosé de pacotilla o paleto manchego (según se mire). En fin, concesiones hipster que hace una.

Cuenta la leyenda que Bimba y su tío Miguel en realidad
 son la misma persona.
Lo que más me gusta de ir al dentista o al oculista es mirar la orla gigante que tienen colgada en la sala de espera. Esa de la promoción de 1981-1987 plagada de chavales de veintipocos señores con barba de náufrago y enormes gafas cuadradas de pasta y en la que cualquier miembro del GAL habría pasado desapercibido. ¿Quién me iba a decir, (¡ay mísera de mí! ¡ay infelice!) que las pintacas de mi generación no distarían mucho de las de aquellos que se graduaron en los ochenta? Cuando me quise dar cuenta yo también tenía unas gafas de pasta y había dejado de depilarme el bigote.
Simpático corrillo de Felipe González, Alfonso Guerra, Juan Carlos I y un hipster que pasaba por ahí. ¡Que no! Es Narcís Serra, en aquel entonces Ministro de Defensa.
Lo del vello facial es otro cantar. Antes llevar barba era de sucios, profetas y papás noeles, ahora si no tienes una bien espesa eres un don nadie (Mr. nobody para los modernos) y quedas inmediatamente excluido de cualquier actividad mínimamente bohemia o creativa. No podemos obviar de ninguna manera a los que se rapan la cabeza al cero o al uno y luego se dejan una inmensa barba rabínica. Son, a mi entender, la encarnación humana del jersey de cuello alto y sin mangas. ¡Hombre por Dios! ¡Si hasta Mr.T se dejaba por lo menos una cresta!

Narcís detrás de Felipe, si no fuera por los tanques se diría que van a presentar una antología poética.
Ante semejante panorama es imposible no preguntarnos qué nos deparará el futuro. No lo sé, pero estoy segura de que nada nuevo. Por si las moscas ya estoy aprendiendo a cardarme el pelo y quién sabe si más de un rapado con barba acabará en un par de años afeitadito y con un Mullet en la cabeza.

viernes, 19 de febrero de 2016

DE POR QUÉ SÁLVAME ES DELUXE



No sé si vosotros también lo habéis percibido, pero de un tiempo a esta parte reina en el ambiente una “susceptibilidad generalizada” de la que se deriva una corrección política exquisita –o estúpida, según cada quién-. Lo que vengo a decir es que últimamente no te puedes ni cagar en la leche sin que alguna asociación de amigos de la ganadería te afee semejante conducta, por poner un ejemplo.
Mi opinión a este respecto es que lo mejor que uno puede hacer en esta situación es dejar de opinar y adaptarse al nuevo civismo que impera. Por eso hoy voy a reclamar más dignidad y respeto para un colectivo al que pertenezco y que es públicamente vapuleado sin que nadie diga ni mú: los consumidores de telebasura o, como preferimos que nos llamen, coprovidentes.

Puede que sea la reencarnación de una ama de casa octogenaria de Ojén, pero a mí me gusta –qué digo ¡me encanta! ¡me fascina!- la telebasura. Los moradores de Telecinco hacen mis delicias cada vez que encuentro un rato para verlos.  Alguna vez, incluso, me he sorprendido a mí misma gritando ¡Guapa! ¡No llores que tú vales mucho! a la imagen de Lydia Lozano en el televisor. Por eso me hiere en lo más profundo de mi corazoncito cuando escucho o leo que los coprovidentes somos la razón de todos los males de la sociedad. Que si el disco de Kiko Rivera y el libro de Belén Esteban no encabezaran las listas de lo más vendido, otro gallo nos cantaría.
 Yo, al igual que Rosa Benito, soy una SEÑORA (entiéndase como dama de valores y educación, no como mujer que pasa la cincuentena) así que, lejos de responder con palabras soeces a quienes me agravian, les responderé con buenas razones que les harán olvidar a Schopenhauer y enamorarse de Mila Ximénez. 
Permitidme picar a vuestra puerta y preguntaros ¿tenéis un minuto para hablar de Jorge Javier?


En primer lugar, he de decir que por mucho que resqueme, la telebasura y todo lo relativo a ella es cultura, cultura pop, pero al fin y al cabo cultura. O dicho de otro modo, materia preguntable en el quesito rosa del Trivial. Y para ser culto, hay que saber de todo un poco. Por eso, aquellos que os consideráis espíritus refinados –si de verdad queréis llegar a serlo- deberíais apartar la vista de vuestros volúmenes  de Cátedra exquisitamente prologados y posarla sobre el resumen vespertino de Gran Hermano VIP. ¿Os gusta el tremendismo de Cela? ¿Los turbios personajes de Bukowski o de Palahniuk? Pues ahí tenéis dos platos. ¿O de dónde pensáis que salen? ¿De lugares llenos de universitarios de clase media-alta como ARCO o el BBK? ¡Mon Dieu!

Estéticamente estos programas no tienen desperdicio. Los bronceados naranjas, las mechas platino sobre pelo negro como el carbón, los labios perfilados con rotulador indeleble, los trajes superajustados de raya diplomática combinados con camisas de color rojo o morado son, sin duda, la vanguardia de la moda. Aunque lo que a mí más me sorprende son esas pieles suaves y perfectas como el culito de un bebé. ¿Acaso un tronista musculado y peludo que se depila con cera hasta los huevos no se merece cobrar 3000 euros al mes? Ese chico se ha dejado, junto con su vello, más sangre, sudor, y, sobretodo, más lágrimas que cualquier universitario con sus estudios y merece una recompensa acorde a tal esfuerzo. Y ¡qué coño! caminar sobre esos tacones altos cual andamios se merece un plus de peligrosidad a final de mes. Me cuesta creer que en los casi 10 años que lleva emitiéndose MHYV ninguna se haya roto, como mínimo, un tobillo.
Eso sí, si os animáis a ver Telecinco debo advertiros que el mundo de la telemierda es un microcosmos con un idioma que aunque se parece bastante, no es castellano. Una mañana de gripe al hacer zapping me topé en Telecinco con un tronista que, con la mano levantaba, gritaba desaforadamente a la presentadora: ¡Por Ilusiones, Emma, por ilusiones! Lo comprendí todo cuando lo remató con un por ilusiones hacia mi persona. Lo que ese despistado y fortachón jovencito quería realmente era responder a unas ALUSIONES, y no ilusiones, que alguien había hecho. La acusación más grave que pueden verter sobre un tronista o un dependiente es que haya tenido o mantenga un “hacer” (affaire, para los puristas del castellano) con alguien ajeno al programa. Debido a la prohibición de tocar explícitamente ciertos temas en horario infantil, los colaboradores de Sálvame utilizan los términos agua con misterio y vida para referirse al alcohol y a las drogas ilegales (fundamentalmente coca) respectivamente. Esta nueva acepción de la palabra vida toma su origen en ilusión a unas declaraciones en las que Belén Esteban aseguraba que ella sólo era adicta a la vida. ¿No es genial?

Probad a mirar la telebasura con ojos menos inquisitivos: pasaréis un buen rato y, lo más importante, os saldrán menos arrugas.

¡Feliz viernes! Divertíos pero sin disfrutar demasiado de la vida. 

lunes, 12 de octubre de 2015

¿Y los niños? ¿Es que nadie piensa en los niños?

El otro día estaba sentada en el sofá de mi casa cuando reparé en que ya soy demasiado mayor para decir: "cuando sea mayor..." Y tras ese descubrimiento se me cayeron encima otras muchas evidencias de mi incipiente senectud como el hecho de que me dan asco los bichos o que el telediario me entretiene. Fue un programa de televisión el que me hizo llegar a tan certeras conclusiones acerca de mi infancia, ya marchita. Hora de Aventuras, para ser exactos. Estaba viendo esos dibujos animados cuando me di cuenta de que su argumento, lejos de seguir un desarrollo lógico, era una sucesión de locuras lisérgicas. Y lo mismo me sucede con Historias Corrientes, Dora la Exploradora y demás series infantiles.

En un primer momento caí en el error de pensar que las series de ahora no son como las de antes, que cuando yo era pequeña los dibujos eran mucho más normales. Pero no. No son los dibujos los que han cambiado, sino mi cerebro. Algo me hace creer que ver el mundo desde la óptica de un infante debe ser como estar hasta arriba de psicotrópicos cuyo efecto se va desvaneciendo conforme cumples años. Su comportamiento es idéntico al de un adulto colocado: lloran a voces en público si se les cae la piruleta al suelo, tienen conversaciones de lo más surrealistas con otros niños desconocidos, se zurran entre ellos, se baban, les cuesta expresarse con claridad y -lo que hoy nos atañe- no cuestionan los más que incoherentes giros argumentales de los dibujos animados. Porque, mis adorados lectores, las series de dibujos siempre han sido igual de absurdas. Somos nosotros los que no siempre hemos estado tan lúcidos. 

Pensad en las series emblemáticas de nuestra infancia. En mi caso, mediados-finales de los noventa y principios de los dos mil. 

Para empezar, la presentadora del primer espacio infantil que recuerdo no es otra que la talentosa y recientemente virgen Leticia Sabater. Sí, Leticia Sabater formó parte de los primeros años de vida de toda una generación y nadie se echó las manos a la cabeza. Si como a mí, os da por rememorar alguno de aquellos viejos sketches de Con mucha marcha en youtube, advertiréis que por aquel entonces, nuestra estrella mediática no tenía una personalidad tan arrolladora, ni tanto furor uterino como ahora; pero tampoco respiraba inocencia y jovialidad. Motivo por el que más de un púber que ya no estaba en edad de ver programas infantiles hacía una excepción sintonizando La 2 cada mediodía.

Pero mi generación no fue la única que tuvo como iconos infantiles a gente sexualmente inquieta. Los que ahora andan por la treintena crecieron con las canciones de Enrique y Ana. Nadie sabe que fue de Ana, pero...¿qué pasó con Enrique  del Pozo? En lugar de volver al digno negocio familiar de charcutería, decidió seguir con la música. Eso sí, adoptando un registro más adulto y sobretodo más casposo, que nos ha dejado chucherías como esta:

Es triste pedir, pero más triste es cantar (esto)


Dejando a un lado la sección de "ídolos infantiles de carne y hueso" nos adentramos en los no menos demenciales dibujos animados. La primera serie que me gustaría mencionar es Arthur. Durante mi infacia me tragué innumerables capítulos -algunos repetidos- sin plantearme nunca la enorme duda existencial de ¿Qué puto animal era Arthur? Apuesto a que ninguno la sabe responder sin mirar la Wikipedia -no me seáis tramposos-. Pues bien, Arthur era un cerdo hormiguero. ¿Cómo se te puede ocurrir hacer una serie de dibujos protagonizada por un cerdo hormiguero? O lo que es más sorprendente ¿Quién la dio de paso para que la emitieran?  ¿Por qué Arthur y su familia no entienden al perro?  Sus amigos pertenecen a distintas especies de mamíferos peludos -no podían ser todos cerdos hormigueros- y se comunican con ellos sin problema, pero con el perro, en cambio, no. Menudos elitistas. En esta serie también había sitio para el canto a la multiculturalidad y la desmantelación de los prejuicios raciales, por lo que se les ocurrió la genial idea de poner personajes de distintas razas sin que ningún niño reparara en la complejidad del concepto creado: animales mamíferos antropomórficos de distintas especies con diferentes  rasgos raciales humanos. Tiene miga.
Glorioso momento el del Jekyll Jekyll Hyde

Si creéis que los nórdicos son gente civilizada es que no os acordáis de la grandiosa serie sueca: Tres amigos y Jerry, una especie de versión dulcificada de South Park emitida por el Club Megatrix a principios de la década de los 2000. A parte de un contenido bastante explícito, esta serie contaba con un villano insuperable llamado Óscar el Depravado. Este tal Óscar era el vagabundo oligofrénico y sexualmente desinhibido del pueblo, que empleaba sus ratos de ocio en asustar a los niños más pequeños. Tras muchas protestas la serie se retiró, pero ya era demasiado tarde. Óscar el Depravado vivirá siempre en los corazones de quienes lo conocimos cuando todavía carecíamos de la edad y prejuicios necesarios para juzgarle. ¡Va por ti, Óscar!

Los siguientes invitados son tres bebés que, durante su estancia en un orfanato, fueron alcanzados por un rayo convirtiéndose en culturistas con superpoderes rabelesianos; por lo que se llamaron a sí mismos Los Megabebes. Sus temibles ataques consistían en ahogar a sus enemigos en diversos fluídos corporales: mocos, cera del oído, heces, vómito... A algún listo de los cojones se le ocurrió que la mejor hora para emitir semejante esperpento era la del desayuno -porque a la comida echaban los Simpson, que si no...-

No podemos ignorar al dibujo animado más elegante, señorial y, si me apuráis, con un punto seductor sólo capaz de igualarse al de Bertín Osborne. Me refiero al gran Willy Fog, que se presentaba a sí mismo en la cabecera tal que así "Soy Willy Fog apostador, que se juega con honor la vuelta al mundo. Aventurero, gran señor, jugador y casi siempre ganador" No sé vosotros, pero yo aquí además de un gentleman, veo un ludópata en potencia. Sin olvidar a su concubina, que sometida al heteropatriarcado, se define de la siguiente manera: "Yo soy Romy, dulce y fiel. Y vivo enamorada de él" ¿Romy? El único destino aceptable para alguien que se llama Romy es abrir una mercería de barrio y ponerle ese mismo nombre.  "Lanas y lencería ROMY" Pero a lo que íbamos, que Mocedades lo petó con la canción del principio de Willy Fog, y quien diga lo contrario ¡miente!

Leticia Sabater, Enrique del Pozo, un cerdo hormiguero, un vagabundo acosador sexual, los hijos bastardos de Gargantúa y un león británico adicto al juego son algunos de los personajes que han contribuido a educar a varias generaciones de niños españoles que hoy, convertidos en adultos, se echan las manos a la cabeza con las series infantiles actuales y las censuran con falsa superioridad moral de abuelo cebolleta mientras cambian de canal. Para poner Gran Hermano.





martes, 31 de marzo de 2015

El masoca interior

Muchos habréis oído hablar de esa movida del niño interior que todos tenemos y con el que, por lo visto, hay que llevarse bien para ser una persona equilibrada. Por el contrario, estoy segura de que nadie os ha mencionado nunca a otra criaturilla  que habita dentro de la mayoría de nosotros, nuestro masoca interior, responsable de conductas tan frecuentes y extendidas entre la población como carentes de sentido.

Imaginad que os invito a mi casa a comer  y cuando estoy rebanando el pan para los canapés, me corto un dedo. Es una herida dolorosa y fea de la que además mana bastante sangre. Vosotros, que sois gente muy cortés y amable, os ofrecéis a curarme con betadine y gasas, o a llevarme al hospital si con lo primero no basta. Entonces yo, con toda naturalidad os digo que no os molestéis, y en vez de lavar la herida, lo que hago es meter la mano afecta el el cubo de la basura y rebozarla bien en mierda. A continuación saco la caja de las herramientas y con el martillo empiezo a pegarme golpetazos en el dedo cortado mientras grito y lloro de dolor. Creeríais que me he vuelto loca, algunos os marcharíais despavoridos, otros me llevaríais a rastras al hospital y un tercer grupo, me grabaríais con el móvil y lo colgaríais en algún grupo de WhatsApp.

Sin embargo ninguno nos extrañamos cuando alguien a quien su pareja le acaba de romper el corazón se pasa las tardes y las noches escuchando baladas de Cat Stevens, viendo películas románticas y revisando compulsivamente todas las fotos que tenían juntos, sus cartas de amor y sus regalos. Esta autoflagelación emocional está tan aceptada en nuestra sociedad que hasta se pueden encontrar en Spotify varios recopilatorios de canciones deprimentes especialmente diseñados para la ocasión.  Y es que, mis queridos lectores, que levante la mano quien no lo haya hecho, quien no haya alimentado las brasas del desamor con baladas de Skid Row, Maná, Kiss o Queen  mientras rememoraba viejos y felices recuerdos. No sois vosotros mismos, sino vuestro masoca interior quien, aprovechando la coyuntura, toma las riendas y se lo pasa teta mientras vosotros sufrís más que Álex Ubago el día de San Valentín. 

No obstante, estas criaturillas de nuestra psique son las responsables de una industria que da de comer a muchísimas personas: el cine de terror. Que alguien me explique qué sentido tiene ir a ver una película cuando sabes que te lo va a hacer pasar mal. ¡Ajá! No tiene explicación. Mola y punto pelota. Pagas por recorrer el camino de vuelta a casa mirando hacia atrás, por dormir esa noche con la luz encendida. Pagas en definitiva por una sensación tan desagradable como lo es el miedo. Tú te cagas por la patilla mientras tu masoca interior se lo pasa en grande y disfruta de un zumo de adrenalina recién exprimida de tus glándulas suprarrenales.

El tercer y último ejemplo de la noche, y, dicho sea de paso, mi favorito es el de lo que yo llamo malestar voluntario, la base del éxito de programas como "Cuerpos embarazosos" o "Urgencias bizarras", de algunos vídeos virales  o incluso -poniéndonos más finos- del Realismo Sucio. Se define como aquella situación en la que  algo te da repelús o desasosiego pero aún así no puedes parar de mirarlo y/o tocarlo. Esto es lo que nos sucede con las espinillas.  Sabes que no hay que manipularlas, que en un par de días terminan desapareciendo y sin embargo sientes el irrefrenable impulso de reventarlas.  Unas veces eres capaz de contenerte, pero otras sucumbes y terminas explotando alguna a sabiendas de que va a tardar más en curarse e incluso puede que se te infecte. Aún así, te plantas delante del espejo y, ¡pop! Durante unos segundos te invaden simultáneamente  dos sentimientos aparentemente incompatibles: grima y paz interior.Tornándose esta última en remordimientos en cuanto ves el estropicio que te has hecho en la cara. 

Aunque no termino de entender muy bien su significado evolutivo, algo me hace creer que  la existencia del masoca interior, al igual que el dedo meñique del pie, a parte de infligir dolor, obedece a alguna razón (todavía desconocida por el hombre) . Tal vez el cometido de nuestro masoca interior sea cuidar del niño que todos llevamos dentro para evitar que meta los dedos en un enchufe y nos volvamos locos.  O tal vez no.